Parte 1. Una mujer misteriosa llega al condado: La llegada de un misterio

Capítulo I: La llegada de la extraña
A finales del verano de 1882, una diligencia procedente del sur llegó a Blackwood, un pequeño pero próspero asentamiento minero y ganadero perdido en los confines del territorio. El pueblo había crecido alrededor de las minas de plata y de las grandes rutas ganaderas, pero seguía siendo un lugar donde todos conocían los asuntos de los demás.
Aquella tarde, sin embargo, la conversación de todo Blackwood cambió de tema.
De la diligencia descendió una mujer que nadie había visto antes. Se hacía llamar Desirée. Vestía un elegante traje de terciopelo borgoña, llevaba un sombrero adornado con plumas oscuras y lucía varias joyas que parecían demasiado costosas para una viajera cualquiera.
No llevaba consigo una familia, ni un esposo, ni criados. Solo dos baúles y una pequeña caja de madera que jamás permitía que nadie tocara.
Se hospedó en la mejor habitación del hotel y pagó por adelantado varias semanas.
Cuando el dueño le preguntó de dónde venía, Desirée sonrió.
—De un lugar donde aprendí que la gente siempre tiene un precio.
Aquella respuesta hizo que el hombre dejara de hacer preguntas.
Desde su balcón, Desirée comenzó a observar Blackwood. No estaba interesada en las casas humildes ni en los trabajadores. Sus ojos buscaban a los propietarios de las minas, a los ganaderos más ricos y a los comerciantes que controlaban el dinero del pueblo.
Había llegado a Blackwood con un propósito.
Y todavía nadie sabía cuál era.
Capítulo II: La mujer que convirtió el deseo en un arma
En pocas semanas, Desirée se convirtió en la mujer más comentada de Blackwood.
No necesitaba perseguir a los hombres. Dejaba que fueran ellos quienes se acercaran.
A un empresario minero le hacía creer que admiraba su inteligencia. A un ganadero le decía que encontraba irresistible su valentía. A un comerciante le insinuaba que algún día podría imaginar una vida junto a él.
Nunca prometía demasiado.
Solo lo suficiente.
Los regalos comenzaron a llegar.
Un collar de oro. Un caballo de raza. Una bolsa de monedas. Incluso documentos relacionados con terrenos.
Desirée aceptaba todo con una sonrisa y, cuando conseguía lo que quería, dejaba de prestar atención al hombre.
Pero su verdadero entretenimiento no era la riqueza.
Era comprobar hasta dónde podía llevar los celos de sus admiradores.
Comenzó a insinuar que uno de ellos hablaba mal de otro. Después hacía creer a un segundo que el primero se había burlado de él.
Una palabra aquí.
Una mentira allá.
Hasta que una tarde dos hombres que habían sido amigos durante años terminaron enfrentándose por una acusación que ninguno de los dos podía demostrar.
El enfrentamiento terminó en un duelo.
Uno de los hombres murió.
Desirée observó la escena desde lejos.
No sintió miedo.
Sintió satisfacción.
Aquella noche comprendió que podía controlar no solamente el dinero de algunos hombres de Blackwood, sino también sus decisiones.
Y eso la hizo sentirse invencible.
Capítulo III: El hombre que no cayó a sus pies
Un hombre, sin embargo, permanecía completamente fuera de su influencia.
Se llamaba Tomás.
Tenía treinta años y poseía un pequeño rancho situado a varias millas de Blackwood. No era rico, pero había construido su propiedad con sus propias manos y se había ganado el respeto de sus vecinos por su honradez.
Vivía con Clara, su esposa de veintidós años.
Clara llevaba una vida sencilla. Cuidaba la casa, atendía el pequeño huerto y ayudaba ocasionalmente a algunas familias necesitadas del pueblo.
No tenía vestidos caros ni joyas.
Pero tenía algo que Desirée no comprendía: la absoluta confianza de su esposo.
Una tarde, Desirée vio a Tomás en el mercado.
Intentó conversar con él.
Tomás fue educado, pero distante.
—¿No piensa quedarse un rato, señor Tomás? —preguntó ella.
—No puedo. Mi esposa me espera.
Desirée sonrió.
—Una cena puede esperar.
Tomás negó con la cabeza.
—La mía no.
Y se marchó.
Desirée permaneció inmóvil observándolo alejarse.
Por primera vez desde que había llegado a Blackwood, alguien había rechazado su atención sin sentirse intimidado por ella.
Y aquello hirió su orgullo más que cualquier insulto.
Capítulo IV: El rechazo que se convirtió en obsesión
Desirée intentó convencerse de que simplemente había sido un inconveniente pasajero.
Pero no pudo olvidarlo.
Durante las semanas siguientes buscó diferentes excusas para encontrarse con Tomás.
Le ofreció comprar su rancho.
Él rechazó la oferta.
Intentó convencerlo de que podía ganar mucho dinero vendiendo parte de sus tierras.
Volvió a rechazarla.
Finalmente, una tarde lo encontró cerca del río.
—No entiendo qué tiene esa mujer para que estés dispuesto a rechazarlo todo —dijo Desirée.
Tomás la miró tranquilamente.
—Se llama Clara.
Desirée apretó los labios.
—Podría darte una vida que ella jamás podrá darte.
—Yo ya tengo la vida que quiero.
Aquella respuesta terminó con la última esperanza de Desirée de conquistar a Tomás.
Pero también hizo nacer algo mucho más peligroso.
Si no podía tenerlo, quería destruir aquello que él amaba.
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