Se convirtió en un MONSTRUO y peleó a MUERTE en un Mecha de chatarra para salvar a su hermana 🤖🔥

El aire en el Subnivel 4 de Ciudad Aurora siempre olía a ozono quemado y desesperación, pero esta noche, para Ricardo, tenía el inconfundible hedor del tiempo agotándose. En una cama improvisada iluminada por el parpadeo de luces de neón defectuosas, el pecho de su hermana pequeña, Elena, apenas se movía. El colapso genético irreversible había comenzado a devorar sus células; los médicos clandestinos fueron tajantes al darle exactamente diez días de vida antes de que sus pulmones se cristalizaran por completo. La única salvación residía en los laboratorios orbitales de la élite, con un tratamiento que costaba 500.000 créditos, una fortuna absolutamente inalcanzable para un piloto de rango F acostumbrado a recoger chatarra en los vertederos del sector industrial.
Acorralado, sin opciones legales y con la cordura pendiendo de un hilo, Ricardo descendió a las profundidades más lúgubres del inframundo de la ciudad para forjar un pacto con los sindicatos de apuestas. El trato era tan simple como letal: ingresar a la arena clandestina de combate de mechas y dejarse masacrar en el tercer asalto. A cambio, recibiría los fondos directamente en la cuenta médica de Elena. No importaba si sobrevivía o terminaba convertido en pulpa bajo toneladas de acero; el dinero estaba garantizado al momento de su inminente derrota. El sindicato le proporcionó su ataúd, un mecha ensamblado con chatarra de modelos obsoletos, cables expuestos y un reactor que tosía humo tóxico con cada paso. Lo llamaron Oxidado, una broma cruel para el cordero a punto de ser sacrificado ante las masas sedientas de sangre.
Cuando las pesadas puertas de la arena se abrieron, el rugido ensordecedor del público golpeó el casco de su máquina. Frente a él se alzaba el campeón del sindicato, un titán bélico de blindaje compuesto y cañones de plasma gemelos, diseñado para el exterminio rápido. El primer asalto fue una auténtica carnicería. El mecha enemigo trituró el brazo izquierdo del Oxidado con una facilidad pasmosa, haciendo llover chispas y fluido hidráulico sobre el suelo manchado de aceite. El dolor de la retroalimentación neural casi hace perder el conocimiento a Ricardo, pero en la penumbra de su cabina, la imagen del rostro pálido de Elena brilló en su mente. No podía simplemente rendirse. Si el sindicato veía que se dejaba caer demasiado rápido, o si perdía el conocimiento antes del tercer round, anularían el contrato por incumplimiento.
En un acto de pura locura, Ricardo introdujo un código de anulación en la consola, desactivando los inhibidores de dolor y los limitadores de seguridad del enlace neural. La mente del piloto se fusionó directamente con el núcleo inestable del reactor, absorbiendo el dolor agónico del metal desgarrado como si fuera su propia carne. Ya no era un simple humano controlando una máquina defectuosa; se convirtió en un monstruo de rabia, instinto y acero.
El mecha de chatarra se movió con una agilidad antinatural, esquivando una ráfaga de plasma que derritió el suelo a milímetros de sus pies. Con un aullido gutural que resonó a través de los altavoces externos, Ricardo impulsó a su coloso mutilado hacia adelante, utilizando los cables pelados de su brazo amputado como un látigo electrificado. Envolvió las extremidades del titán enemigo, sobrecargando los sistemas del campeón con una descarga directa de energía bruta de su propio reactor al borde de la fusión. El gigante de alta tecnología cayó de rodillas, completamente paralizado y humeante. En el silencio atónito que invadió la arena, Ricardo no esperó el tercer asalto. Con un golpe brutal y desesperado, destrozó los estabilizadores del oponente, asegurando una victoria imposible que hizo estallar y quebrar las apuestas de toda Ciudad Aurora.
El sindicato, enfurecido pero acorralado por el estallido mediático de la victoria, no tuvo más remedio que liberar los fondos. La ansiada transferencia de 500.000 créditos iluminó el panel resquebrajado de su cabina justo antes de que los sistemas colapsaran y Ricardo perdiera el conocimiento. Elena viviría para ver un nuevo amanecer en la ciudad superior, pero el chico que entró a la arena había muerto para siempre, dejando en su lugar a una leyenda forjada en chatarra, sangre y un amor inquebrantable.
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