Compró el ataúd equivocado para su hermano y dentro encontró una foto tomada esa misma mañana

Resumen breve:
Don Mateo acudió a la funeraria del pueblo tras recibir la trágica llamada sobre el fallecimiento repentino de su hermano gemelo Ernesto. Sin embargo, cuando la empresa de servicios fúnebres entregó por error un modelo de caja distinto al encargado, Mateo abrió la tapa y encontró dentro una fotografía instantánea capturada horas antes, donde ambos hermanos posaban sonrientes. El macabro hallazgo reveló que Ernesto no estaba muerto, sino orquestando un siniestro plan de suplantación.
Descripción:
Lo que parecía ser el funeral de un hombre muerto terminó convirtiéndose en una pesadilla. Una fotografía aparentemente imposible llevó a su hermano gemelo a descubrir una verdad que llevaba años escondida y que podía costarles mucho más que su identidad.
La llamada que nadie esperaba
A las seis y doce de la mañana, el teléfono de Mateo sonó insistentemente.
Al principio no quiso contestar.
Vivía solo en una pequeña casa a las afueras del pueblo y acostumbraba levantarse temprano, pero aquella mañana había dormido muy poco.
Cuando finalmente tomó el teléfono, vio un número desconocido.
—¿Don Mateo Salvatierra?
—Sí.
—Lamento muchísimo informarle esto, señor.
La voz al otro lado de la línea pertenecía a un hombre.
Parecía nervioso.
—¿Qué ocurrió?
Hubo un silencio.
—Su hermano Ernesto tuvo un accidente durante la madrugada.
Mateo se incorporó inmediatamente.
—¿Qué accidente?
—Lo encontraron en la carretera vieja.
—¿Está vivo?
La pausa que siguió fue suficiente para responder.
—Lo siento.
Mateo sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—No…
—El hospital confirmó el fallecimiento hace aproximadamente una hora.
Mateo no respondió.
Se quedó sentado en el borde de la cama mirando la pared.
Ernesto.
Su hermano gemelo.
La persona que había compartido con él prácticamente cada etapa de su vida.
Mismo rostro.
Misma estatura.
Misma fecha de nacimiento.
Incluso, durante años, habían llevado el mismo tipo de corte de cabello.
Pero sus personalidades eran completamente diferentes.
Mateo era tranquilo, reservado y trabajador.
Ernesto, en cambio, siempre había sido impulsivo.
Ambicioso.
Y, durante los últimos meses, extrañamente distante.
—¿Dónde está? —preguntó Mateo finalmente.
—En la funeraria San Gabriel.
Mateo cerró los ojos.
—Voy para allá.
Un ataúd que no correspondía
La funeraria San Gabriel era un pequeño establecimiento ubicado junto a la iglesia del pueblo.
Cuando Mateo llegó, encontró a varias personas esperando.
Su sobrino Daniel estaba sentado en una esquina.
También estaba Clara, una vieja amiga de Ernesto.
Y detrás del mostrador se encontraba el propietario de la funeraria, don Ramiro.
—Mateo…
Ramiro salió rápidamente a recibirlo.
—Lo siento mucho.
Mateo apenas podía hablar.
—Quiero verlo.
Ramiro bajó la mirada.
—Hay un problema.
—¿Qué problema?
—La funeraria recibió esta madrugada varios cuerpos procedentes del hospital y hubo una confusión con los documentos.
Mateo frunció el ceño.
—¿Confusión?
—Sí.
—¿Dónde está mi hermano?
Ramiro señaló una habitación.
—Ya está preparado.
Mateo caminó hacia allí.
Pero antes de entrar, observó el ataúd.
Era grande.
Oscuro.
Mucho más elegante de lo que había solicitado.
—Ese no es el ataúd que encargué.
Ramiro se puso nervioso.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Hubo un error.
—Yo pedí uno sencillo.
—El suyo fue entregado a otra familia por equivocación y este quedó aquí.
Mateo miró la caja.
—¿Y por qué no lo cambiaron?
Ramiro respiró profundamente.
—Cuando nos dimos cuenta, ya era demasiado tarde.
Mateo no quiso discutir.
Solo quería ver a su hermano.
—Ábralo.
Ramiro dudó.
—Don Mateo…
—Ábralo.
El hombre levantó lentamente la tapa.
Mateo dio un paso adelante.
Y entonces se quedó inmóvil.
No vio el rostro de Ernesto.
No vio el cuerpo.
Vio algo colocado sobre el pecho.
Una fotografía.
Una pequeña fotografía instantánea.
Mateo la tomó.
Y sintió que las piernas casi le fallaban.
Era una imagen de Ernesto.
Pero había algo imposible.
La fotografía imposible
Mateo observó la fotografía una y otra vez.
En ella aparecían dos hombres.
Él y Ernesto.
Los dos estaban sonriendo.
Los dos miraban directamente a la cámara.
Detrás de ellos había un restaurante que Mateo reconocía perfectamente.
Era el restaurante El Mirador.
Pero eso no era lo más extraño.
En la esquina inferior de la fotografía había una pequeña fecha impresa.
Ese mismo día.
Mateo levantó la cabeza.
—¿Quién puso esto aquí?
Ramiro negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién preparó el cuerpo?
—Dos empleados.
—¿Dónde están?
—Uno salió a buscar unos documentos.
—¿Y el otro?
Ramiro comenzó a sudar.
—No ha regresado.
Mateo volvió a mirar la fotografía.
La imagen mostraba a los dos hermanos juntos.
Sonriendo.
Pero Mateo recordaba perfectamente aquel momento.
Había ocurrido esa mañana.
A las diez y media.
Había recibido un mensaje de Ernesto.
«Necesito hablar contigo. Ven al Mirador.»
Mateo había acudido.
Su hermano estaba allí.
Hablaron durante casi veinte minutos.
Ernesto parecía nervioso.
Antes de despedirse, un camarero les tomó una fotografía instantánea.
Mateo había pensado que era una simple cortesía del restaurante.
Pero ahora…
¿Cómo podía aquella fotografía estar dentro del ataúd de Ernesto?
Si había sido tomada esa misma mañana…
Entonces…
Mateo sintió un escalofrío.
—Mi hermano no murió anoche.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
Mateo sostuvo la fotografía.
—Esta fotografía fue tomada esta mañana.
Ramiro palideció.
—Eso no es posible.
—Yo estaba ahí.
El cuerpo que no era Ernesto
Mateo volvió a acercarse al ataúd.
Miró el rostro del cadáver.
Por primera vez desde que había llegado, lo observó detenidamente.
Algo no estaba bien.
La barba.
El cabello.
Una pequeña cicatriz.
Mateo recordó una conversación de apenas unas semanas atrás.
Ernesto tenía una cicatriz debajo de la oreja derecha.
El cadáver no la tenía.
—Esperen.
Mateo levantó la sábana.
Ramiro intentó detenerlo.
—Don Mateo…
—¡Déjeme verlo!
El hombre observó el cuerpo.
Entonces encontró algo todavía más extraño.
En la mano izquierda del cadáver había un anillo.
Mateo lo reconoció.
Era de Ernesto.
Pero estaba colocado en el dedo equivocado.
Su hermano siempre llevaba ese anillo en la mano derecha.
Siempre.
Mateo retrocedió.
—Este no es mi hermano.
Ramiro quedó paralizado.
Clara se acercó.
—¿Estás seguro?
Mateo la miró.
—Conozco a mi hermano mejor que nadie.
Daniel tomó la fotografía.
La observó.
Después miró el cuerpo.
—Tío…
—¿Qué?
—Mira la camisa.
Mateo observó.
En la fotografía, Ernesto llevaba una camisa azul.
El cadáver llevaba una camisa blanca.
Mateo sintió que algo se estaba cerrando alrededor de él.
Aquello no era un accidente.
Era una puesta en escena.
La llamada desde un número desconocido
A las nueve y treinta y siete de la mañana, el teléfono de Mateo volvió a sonar.
Número privado.
—¿Sí?
Nadie respondió.
—¿Quién habla?
Se escuchó una respiración.
Luego una voz.
—No entierres a ese hombre.
Mateo se puso de pie.
—¿Quién eres?
—Alguien que quiere mantenerte vivo.
—¿Dónde está mi hermano?
Silencio.
—Tu hermano está haciendo algo que no debería.
—¿Qué cosa?
La llamada terminó.
Mateo intentó devolverla.
Número desconocido.
Inexistente.
—¿Qué está pasando? —preguntó Daniel.
Mateo no respondió.
Tomó la fotografía.
La examinó nuevamente.
Entonces vio algo que no había notado antes.
Detrás de ellos, en el restaurante, había un hombre sentado en una mesa.
Un hombre con sombrero negro.
Mateo amplió la imagen.
El hombre estaba mirando directamente hacia la cámara.
Y parecía estar sosteniendo un teléfono.
—¿Quién es ese? —preguntó Clara.
Mateo negó con la cabeza.
—No lo sé.
Daniel señaló otra cosa.
—Tío…
—¿Qué?
—Mira su mano.
El hombre llevaba un anillo.
El mismo anillo que tenía el cadáver.
El secreto de Ernesto
Mateo decidió investigar.
Llamó al restaurante.
—Necesito saber quién tomó una fotografía de mi hermano esta mañana.
El gerente respondió.
—Fue uno de nuestros fotógrafos.
—¿Puede decirme quién?
—Se llama Luis.
—¿Dónde está?
Silencio.
—Hoy no vino a trabajar.
Mateo cerró los ojos.
Cada pieza parecía desaparecer antes de poder atraparla.
Entonces preguntó:
—¿Mi hermano estuvo allí solo?
—No.
—¿Con quién?
—Con usted.
Mateo quedó inmóvil.
—¿Cómo sabe que yo estaba allí?
—Porque ustedes dos nos dieron sus nombres.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Qué nombres?
El gerente respondió:
—Ernesto y Mateo.
—¿Dijo algo antes de irse?
—Sí.
—¿Qué?
—Pidió que la fotografía se imprimiera inmediatamente.
Mateo miró la imagen.
—¿Por qué?
El gerente dudó.
—Dijo que era importante que alguien la encontrara.
Mateo sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Quién?
El gerente respondió:
—No lo sé.
El documento escondido
Esa noche, Mateo regresó a casa.
No podía dormir.
Revisó las pertenencias de Ernesto.
Encontró documentos.
Recibos.
Libretas.
Fotografías antiguas.
Hasta que descubrió un compartimento secreto dentro de un viejo escritorio.
Había una carpeta.
Dentro encontró varias copias de documentos.
Contratos.
Transferencias bancarias.
Pasaportes.
Y una fotografía.
Mateo comenzó a temblar.
Había dos identidades.
Dos nombres.
Dos hombres.
Pero una misma fotografía.
Él y Ernesto.
Mateo comprendió algo terrible.
Su hermano había estado preparando una operación de suplantación.
Pero no sabía de quién.
Entonces encontró una hoja doblada.
Solo contenía una frase:
«Cuando desaparezca uno de nosotros, el otro tendrá que decidir si continúa el plan.»
Mateo se quedó mirando el papel.
—¿Qué hiciste, Ernesto?
El hombre que apareció en la puerta
A las once y quince de la noche, alguien golpeó la puerta.
Mateo tomó un cuchillo de cocina.
—¿Quién es?
—Soy yo.
La voz.
Mateo la reconoció.
Abrió lentamente.
Y se quedó congelado.
Frente a él estaba Ernesto.
Vivo.
Sin heridas.
Sin sangre.
Sin ninguna señal de haber sufrido un accidente.
—Hola, hermano.
Mateo no pudo hablar.
Ernesto entró y cerró la puerta.
—Tenemos que hablar.
Mateo levantó el cuchillo.
—¿Qué hiciste?
Ernesto suspiró.
—No podía explicártelo por teléfono.
—¡Te declararon muerto!
—Lo sé.
—¡Había un cuerpo en un ataúd!
—No era yo.
—¿Quién era?
Ernesto no respondió.
Mateo dio un paso adelante.
—¿Quién era ese hombre?
Ernesto miró al suelo.
—Alguien que aceptó morir oficialmente para que yo pudiera desaparecer.
Mateo quedó horrorizado.
—¿Qué significa eso?
—Significa que, desde esta mañana, Ernesto Salvatierra oficialmente está muerto.
—Pero estás aquí.
—Para ti.
—¿Y para los demás?
Ernesto levantó la mirada.
—Para los demás no existo.
El verdadero motivo
Mateo dejó el cuchillo sobre la mesa.
—Explícame todo.
Ernesto respiró profundamente.
—Hace seis meses descubrí que alguien estaba utilizando nuestra empresa familiar para mover dinero ilegalmente.
—¿Qué?
—Pensé que era un empleado.
—¿Y?
—Era alguien mucho más cercano.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Ernesto negó con la cabeza.
—Todavía no puedo decirlo.
—¡Después de todo esto todavía me ocultas cosas!
—Porque si te digo su nombre, estarás en peligro.
Mateo se quedó en silencio.
Ernesto continuó:
—La única manera de descubrir quién estaba detrás era hacer creer a todos que yo había muerto.
—¿Y el cadáver?
—Un hombre sin familia. Alguien cuya identidad fue alterada.
Mateo lo miró horrorizado.
—Eso es enfermizo.
—Lo sé.
—¿Y la fotografía?
Ernesto sonrió débilmente.
—Era una garantía.
—¿De qué?
—De que si algo salía mal, tú encontrarías la fotografía.
Mateo miró la imagen.
—Pero ¿por qué yo?
Ernesto tardó unos segundos en responder.
—Porque eres la única persona en quien confío.
Pero había una cosa que Ernesto no sabía
Mateo se acercó a la ventana.
—Entonces todo esto era para descubrir quién te quería muerto.
—Sí.
—¿Y ya sabes quién es?
Ernesto negó.
—Todavía no.
Mateo se giró.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
Mateo levantó la fotografía.
—Porque alguien sabía que yo iba a encontrarla.
Ernesto se quedó serio.
—¿Qué quieres decir?
Mateo señaló la esquina de la imagen.
El hombre del sombrero.
—Él estaba allí.
Ernesto tomó la fotografía.
Su expresión cambió.
—No…
—¿Lo conoces?
Ernesto no respondió.
—Ernesto.
El rostro de su hermano perdió color.
—Sí.
—¿Quién es?
Ernesto levantó lentamente la mirada.
—Es la persona que pensé que estaba muerta.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Ernesto dio un paso atrás.
—Nuestro padre.
La verdad detrás del ataúd
Mateo quedó paralizado.
Su padre llevaba muerto quince años.
Habían enterrado su cuerpo.
Habían asistido cientos de personas al funeral.
No existía ninguna duda.
—Eso es imposible.
—Yo también lo creía.
—Lo viste morir.
—Sí.
—Estuviste en su funeral.
—Sí.
Mateo miró nuevamente la fotografía.
El hombre del sombrero parecía observarlos desde el fondo.
—Entonces ¿quién era el hombre que enterramos?
Ernesto no respondió.
Un golpe fuerte sacudió la puerta.
Ambos hermanos se quedaron inmóviles.
Otro golpe.
Más fuerte.
Mateo apagó las luces.
Ernesto tomó el teléfono.
La puerta volvió a temblar.
Entonces alguien habló desde afuera.
—Ernesto.
Los dos hermanos se miraron.
La voz era conocida.
Demasiado conocida.
Era la voz de su padre.
Ernesto comenzó a retroceder.
Mateo susurró:
—¿Qué hacemos?
Ernesto respondió:
—No abras.
La voz volvió a escucharse.
—Hijos…
Silencio.
—Sé que están ahí.
Mateo miró a Ernesto.
—¿Cómo sabe que estamos aquí?
Ernesto no respondió.
Entonces el teléfono de Mateo vibró.
Había llegado un mensaje.
Solo contenía una fotografía.
Mateo la abrió.
Era una imagen de ellos dos dentro de la casa.
Tomada desde afuera.
La hora aparecía debajo:
11:42 p. m.
Mateo miró el reloj.
11:42.
Alguien estaba observándolos en ese preciso instante.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez solo decía:
«El cadáver del ataúd no era el único hombre que debía morir.»
Mateo levantó lentamente la mirada.
Ernesto estaba pálido.
Y por primera vez desde que apareció aquella mañana, parecía verdaderamente aterrorizado.
Afuera, alguien volvió a tocar la puerta.
Tres golpes.
Pausa.
Tres golpes.
Pausa.
Tres golpes.
Era el mismo patrón que su padre utilizaba cuando ellos eran niños.
Mateo sintió que el pasado acababa de regresar.
Pero esta vez había algo mucho peor.
Porque el hombre que estaba detrás de aquella puerta podía ser su padre…
o alguien que conocía demasiado bien la forma de imitarlo.
Ernesto se acercó lentamente al oído de Mateo.
—Hermano…
—¿Qué?
—Si esa persona está aquí…
Mateo lo miró.
Ernesto terminó la frase:
—…significa que nuestro plan nunca fue secreto.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Y ninguno de los dos sabía quién estaba del otro lado.
Continuará…
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