¡Atrapó a su esposo con su amante y alquiló a un «modelo» en el bar! Al día siguiente… 👇🚫 ¡Descubrió que era el Príncipe millonario!

Publicado por emontero el

RESUMEN BREVE: El mundo de Clara se derrumba cuando regresa temprano del trabajo y encuentra a su esposo en su propia cama con su asistente. Destrozada y buscando venganza para la inminente fiesta de aniversario a la que debe asistir, huye a un bar exclusivo. Allí, impulsada por el alcohol y el despecho, le ofrece diez mil dólares a un apuesto y misterioso hombre para que finja ser su amante de alquiler. Pasada la noche de pasión y humillación para su ex, Clara se despierta con una sorpresa aterradora: su cheque rebotó, y su supuesto «modelo de alquiler» es en realidad Alexander, un príncipe heredero multimillonario y el nuevo dueño de la empresa donde ella trabaja.

Capítulo 1: El silencio ensordecedor de una casa vacía

Todo comenzó con un simple dolor de cabeza, una punzada persistente en la sien que Clara intentó ignorar durante las primeras tres horas de su jornada laboral en Horizon Enterprises. Era martes, un día gris y monótono que no presagiaba absolutamente nada fuera de lo común. Clara, a sus veinticinco años, era la imagen misma de la profesional exitosa: inteligente, dedicada, siempre vestida con impecables trajes de sastre que resaltaban su figura, pero que mantenían la sobriedad que su puesto como Directora de Cuentas exigía.

Llevaba cinco años casada con Diego. Cinco años en los que había puesto en pausa sus propios sueños, sus ambiciones más grandes, e incluso sus deseos de viajar por el mundo, todo para apoyar la carrera de él. Diego era un hombre encantador, con una sonrisa fácil y un carisma que le abría puertas, pero carecía de la disciplina financiera que Clara poseía en abundancia. Ella había pagado las deudas de él, había financiado el enganche de su hermosa casa en los suburbios ricos de la ciudad y había organizado su vida entera en torno al «nosotros».

Aquel martes, a las once de la mañana, la migraña de Clara se volvió insoportable. Las líneas de los informes financieros en su pantalla de ordenador se desenfocaban. Su jefa, notando su palidez, le insistió en que se tomara el resto del día libre.

—Vete a casa, Clara. Tienes esa gran gala corporativa esta noche. Necesitas estar descansada para lidiar con los tiburones de la junta directiva —le había dicho con una sonrisa comprensiva.

Clara asintió, agradecida. Envió un rápido mensaje de texto a Diego: «Me siento un poco mal. Voy camino a casa para descansar un rato.» El mensaje, sin embargo, nunca fue entregado. La batería de su teléfono había muerto. Sin darle mayor importancia, tomó su bolso, bajó al estacionamiento subterráneo y condujo su coche a través del tráfico de media mañana.

El trayecto fue tranquilo. La lluvia golpeaba suavemente el parabrisas, creando un ritmo hipnótico que, por unos instantes, logró calmar el latido en su cabeza. Mientras conducía, Clara pensaba en la gala de esa noche. Era un evento crucial, el aniversario número cincuenta de la empresa para la que trabajaba. Diego, por supuesto, la acompañaría. Él adoraba esos eventos sociales donde podía lucir sus costosos trajes comprados con el dinero que ella administraba tan cuidadosamente, tomando champán y codeándose con los altos ejecutivos.

Llegó a su casa poco antes del mediodía. La majestuosa residencia de dos pisos, con su fachada de ladrillo blanco y su jardín inmaculado, se alzaba en silencio. Clara estacionó el coche en la entrada de la calle, decidiendo no abrir el garaje para no hacer ruido; quizás Diego, quien se suponía que estaba trabajando desde casa ese día, estuviera en una reunión importante de Zoom.

Insertó la llave en la cerradura principal con un movimiento suave, casi silencioso. La puerta se abrió, revelando el vestíbulo de mármol pulido que ella misma había diseñado. El aire estaba impregnado de un olor inusual. No era el aroma a café recién hecho ni la colonia cítrica de Diego. Era un perfume dulce, empalagoso, con notas de vainilla y flor de loto. Un perfume de diseñador, pero aplicado en exceso.

Clara frunció el ceño. Sus tacones resonaron contra el suelo mientras avanzaba hacia la sala de estar. No había nadie. La casa estaba envuelta en un silencio sepulcral, roto únicamente por un sonido distante, un crujido sordo y rítmico que provenía de la planta superior.

El dolor de cabeza desapareció por completo, reemplazado por un frío glacial que le recorrió la espina dorsal. Cada instinto en su cuerpo le gritaba que diera media vuelta, que se marchara, que fingiera que no había vuelto a casa, pero sus pies se movieron por voluntad propia hacia la escalera de madera de roble.

Al pie de las escaleras, encontró la primera pista de su inminente destrucción: unos zapatos de tacón rojo, de suela inconfundible, arrojados sin cuidado sobre la alfombra. Los conocía. Pertenecían a Valeria, la joven asistente ejecutiva de Diego, una chica de veintidós años que siempre miraba a Clara con una mezcla de admiración fingida y envidia mal disimulada.

Un nudo se formó en la garganta de Clara. Su respiración se volvió errática. Subió los escalones de dos en dos, guiada por el sonido inconfundible de gemidos ahogados y risas cómplices que ahora se escuchaban claramente desde el pasillo. La puerta de la habitación principal, su santuario, el lugar que ella había decorado con sábanas de seda importada y fotografías de su luna de miel, estaba entreabierta.

Clara se detuvo en el umbral. El mundo pareció detenerse en ese preciso instante. La escena frente a ella quedó grabada en su retina con la brutalidad de un rayo cayendo sobre un árbol seco.

Allí estaba Diego, el hombre al que le había jurado amor eterno, el hombre por el que se había sacrificado, completamente desnudo, enredado en las sábanas blancas con Valeria. La joven asistente se reía, con el cabello desordenado, susurrando algo al oído de Diego que lo hizo sonreír con esa misma sonrisa que Clara creía que era solo para ella.

Clara no supo de dónde sacó las fuerzas, pero empujó la puerta con violencia, haciéndola chocar fuertemente contra la pared. El estruendo resonó como un disparo en la habitación.

—¡Qué demonios…! —gritó Diego, saltando de la cama y buscando desesperadamente con qué cubrirse, su rostro pálido como el papel al ver a su esposa de pie en la puerta. Valeria chilló y se escondió bajo el edredón nórdico de Clara.

Clara se quedó paralizada durante varios segundos, sus ojos castaños fijos en el hombre que ahora parecía un completo extraño. La ira, el dolor, la humillación y la traición se mezclaron en su interior como un cóctel tóxico a punto de estallar. Sintió que el aire le faltaba, que las paredes de su propia habitación se cerraban sobre ella.

—Clara… mi amor, espera, esto no es lo que parece. ¡Puedo explicarlo! —balbuceó Diego, extendiendo una mano temblorosa hacia ella mientras se aferraba a una almohada.

¿Una explicación? ¿Qué explicación podía haber para encontrar a tu esposo revolcándose con su asistente en la cama matrimonial al mediodía de un martes?

Las manos de Clara temblaron. Sin decir una sola palabra, miró su mano izquierda. Allí brillaba el diamante que él le había dado, un diamante que, irónicamente, ella misma había terminado de pagar. Con un movimiento rápido y feroz, se arrancó el anillo del dedo. El metal rasgó un poco su piel, pero el dolor físico era insignificante comparado con la herida en su pecho.

Levantó la mirada. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero de ellos no caía ni una sola lágrima. Solo había fuego.

—¡En nuestra propia cama, Diego! —Su voz resonó por toda la habitación, aguda, cargada de un veneno que ni ella misma sabía que poseía—. Te di los mejores años de mi vida. Trabaje catorce horas al día para que tú pudieras jugar al gran ejecutivo. Pagué tus deudas. Soporté a tu madre. ¡Y me lo pagas así!

—Clara, por favor, fue un error, una debilidad, ella no significa nada… —suplicó él, dando un paso adelante, luciendo patético y vulnerable.

Debajo de las sábanas, Valeria dejó escapar un pequeño sollozo indignado al escuchar que no significaba nada.

Clara levantó la mano, deteniendo a Diego en seco. Con una fuerza nacida de la furia absoluta, le arrojó el anillo de bodas directamente a la cara. El pesado anillo de platino lo golpeó en la mejilla, dejando una marca roja al instante, antes de rebotar y perderse debajo de la cama.

—Vete al infierno, Diego —siseó Clara, cada palabra cortando el aire como un látigo—. Tú y esta cualquiera. Tenéis exactamente una hora para sacar vuestras asquerosas cosas de mi casa. Si cuando vuelva aún estás aquí, llamaré a la policía por allanamiento de morada.

Sin esperar respuesta, Clara giró sobre sus talones y salió de la habitación. Bajó las escaleras casi corriendo, agarró su bolso y las llaves del coche del recibidor, y salió por la puerta principal, dando un portazo que hizo temblar los cimientos de la casa.

Capítulo 2: El sabor del despecho

El motor del coche rugió cuando Clara pisó el acelerador, alejándose de la casa a toda velocidad. Las lágrimas que había reprimido frente a Diego finalmente comenzaron a fluir, cegándola momentáneamente. Lloró con sollozos roncos y guturales, golpeando el volante con el puño cerrado una, dos, tres veces, hasta que los nudillos le dolieron.

Condujo sin rumbo por la ciudad durante horas. Pasó por parques donde los niños jugaban bajo la lluvia intermitente, cruzó puentes que conectaban los distritos financieros, y se detuvo en semáforos interminables mientras su mente reproducía una y otra vez la imagen de Diego y Valeria.

La humillación quemaba en su estómago. ¿Cuánto tiempo llevaba ocurriendo esto? ¿Semanas? ¿Meses? ¿Acaso sus amigos lo sabían? ¿Y sus colegas de trabajo? Se sintió como la mujer más estúpida del mundo. Había estado tan concentrada en construir un futuro perfecto, en asegurar la estabilidad financiera, en ser la esposa ideal, que no se dio cuenta de que su matrimonio era un castillo de naipes construido sobre un nido de víboras.

A medida que la tarde caía y el cielo se oscurecía, un nuevo pensamiento, mucho más frío y calculador, se abrió paso en su mente.

La gala de aniversario de esta noche.

Diego, como el narcisista que era, no iba a perderse el evento corporativo del año. A pesar de lo que había ocurrido, Clara lo conocía. Él era el Vicepresidente de Ventas de una firma asociada; su presencia en la gala de Horizon Enterprises era indispensable para sus propias conexiones. Él se presentaría allí, impecable en su esmoquin, fingiendo que todo estaba bien, esperando que ella hiciera lo mismo para mantener las apariencias frente a sus jefes y socios. Esperaría que ella actuara como la esposa sumisa y comprensiva para no arruinar «su imagen pública».

—Oh, no, pedazo de basura —murmuró Clara en el coche vacío, secándose las lágrimas con el dorso de la mano con tanta fuerza que se corrió el maquillaje—. Si crees que me voy a esconder a llorar mientras tú brindas con champán, estás muy equivocado.

Clara detuvo el coche frente a un pequeño centro comercial de lujo. Su teléfono ya había cargado un poco conectado al coche. Tenía mensajes perdidos de Diego. Treinta, para ser exactos, además de diez llamadas. Los ignoró todos y entró en la boutique más cara del lugar.

No iba a ir a esa gala luciendo como la esposa derrotada. Iba a ir luciendo como una reina a punto de ejecutar a un traidor.

Compró un vestido que jamás habría usado antes. Un diseño de alta costura, de color rojo carmesí oscuro, con un escote en V pronunciado, la espalda completamente descubierta y una abertura en la pierna que desafiaba la gravedad. Era un vestido hecho para el pecado, un vestido hecho para la venganza. Complementó el atuendo con unos tacones de aguja de aguja de aguja negros y joyas de rubí que costaron lo mismo que un mes de salario.

Salió de la tienda sintiéndose como una guerrera acorazada, pero la adrenalina aún no era suficiente para calmar el temblor de sus manos. Faltaban aún tres horas para la gala. Necesitaba valor líquido. Necesitaba anestesiar el corazón y encender el orgullo.

Condujo hacia el distrito de entretenimiento y estacionó frente a The Velvet Lounge, un bar extremadamente exclusivo, conocido por su iluminación tenue, su música jazz en vivo y por ser el refugio de la élite de la ciudad: celebridades, magnates, herederos y, ocasionalmente, acompañantes de lujo de altísimo nivel.

Al entrar, el ambiente la envolvió. Luces de neón púrpura y azul bañaban el local en un resplandor sensual. El murmullo de conversaciones privadas y el tintineo del cristal fino creaban una atmósfera embriagadora. Clara se acercó a la barra de mármol negro y pidió un whisky doble, sin hielo. Se lo bebió de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol quemaba agradablemente su garganta, borrando por un instante el dolor y dejando paso a una audacia temeraria.

Pidió un segundo vaso. Y luego un tercero.

Mientras el cantinero preparaba su cuarta copa, los ojos de Clara comenzaron a deambular por el salón. Hombres de negocios con trajes grises y mujeres despampanantes llenaban los rincones. Y entonces, lo vio.

Estaba sentado solo en una mesa de esquina, ligeramente apartada de la multitud, iluminado solo por la luz de una vela. Era, sin lugar a dudas, el hombre más hermoso y abrumador que Clara había visto jamás.

Tendría unos treinta años. Su cabello oscuro caía con perfecta displicencia sobre su frente. Tenía una mandíbula cuadrada, tan afilada que parecía esculpida en mármol, pómulos altos y unos ojos oscuros, casi negros, que observaban el bar con una mezcla de aburrimiento y superioridad. Vestía un traje negro a la medida, sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados. La calidad de la tela y el corte sugerían que costaba más que el coche de Clara. En su muñeca izquierda descansaba un reloj incrustado de diamantes que capturaba destellos de luz esporádicamente.

Clara lo observó durante un buen rato, analizando su aura. Emanaba poder, pero también una especie de letargo elegante. No estaba con nadie. Nadie se atrevía a acercarse a él. Parecía el típico «chico malo» rico o, dada la naturaleza del bar y su apariencia casi irrealmente perfecta, el acompañante masculino más caro e inaccesible de la ciudad, un «modelo» exclusivo esperando a una clienta dispuesta a pagar una fortuna por su compañía.

El alcohol y la furia tomaron el control de Clara. Diego iba a estar en la gala, seguramente solo y esperando que ella apareciera llorando. ¿Y si no llegaba sola? ¿Y si llegaba del brazo de un hombre que hiciera que Diego pareciera un pordiosero insignificante? ¿Y si destrozaba el frágil ego de su exmarido frente a toda la alta sociedad corporativa?

La idea echó raíces en su mente nublada por el whisky, creciendo rápidamente hasta convertirse en una obsesión.

Abrió su bolso, sacó su chequera —la misma cuenta donde guardaba sus ahorros personales, los que Diego nunca pudo tocar— y una pluma. Tomó una respiración profunda, alisó su traje de oficina (pues aún no se había cambiado) y caminó tambaleándose ligeramente sobre sus tacones hacia la mesa del misterioso extraño.

Capítulo 3: Un trato sellado en neón y humo

A medida que Clara se acercaba, el hombre ni siquiera pareció inmutarse, aunque ella sabía que él la había notado. Tenía esa clase de presencia periférica que los depredadores tienen cuando acechan a su presa. Cuando llegó a la mesa, Clara apoyó ambas manos sobre la superficie pulida, inclinándose ligeramente hacia adelante.

El hombre levantó la mirada. De cerca, sus ojos oscuros eran aún más intensos, con destellos dorados cerca de la pupila. Eran ojos que habían visto el mundo y lo habían encontrado aburrido. Hasta ahora.

—Buenas noches —dijo él, su voz era un barítono profundo, suave como el terciopelo pero con un filo cortante—. ¿Te has perdido?

Clara tragó saliva. Su corazón latía desbocado, pero no iba a echarse atrás ahora. El rímel corrido bajo sus ojos le daba un aspecto trágico y hermoso, una heroína en medio de su peor crisis.

—No me he perdido —respondió ella, intentando sonar segura, aunque su voz temblaba levemente por el alcohol y la adrenalina—. Y tú y yo vamos a hacer un trato.

El hombre arqueó una ceja perfectamente dibujada, una expresión de genuina sorpresa y diversión cruzando sus facciones por primera vez en la noche. Se acomodó en su silla de cuero, cruzando los brazos sobre su pecho ancho y musculoso.

—¿Un trato? —repitió, su tono arrastrado denotaba una curiosidad perversa—. Te escucho. Aunque debo advertirte, mi tiempo no es barato.

Esa frase confirmó las sospechas de Clara. Definitivamente es un modelo de acompañamiento. ¡Perfecto! El universo, por fin, jugaba a su favor.

Clara golpeó la chequera contra la mesa con dramatismo.

—Mi marido me ha engañado. Lo atrapé hoy mismo, en mi cama, con su asistente. Una chica que ni siquiera sabe usar una fotocopiadora sin arruinar el papel —soltó Clara, las palabras brotando como un torrente incontrolable—. Esta noche tenemos una gala. La gala más importante del año para él. Él estará allí, fingiendo ser el marido perfecto, esperando que yo mantenga la boca cerrada por las apariencias.

El hombre la escuchó en silencio, sus ojos recorriendo el rostro pálido y hermoso de Clara. No interrumpió, dejando que ella descargara su ira.

—Necesito que arruines el ego de mi ex —continuó Clara, clavando su mirada en él, acercándose tanto que él podía oler el whisky en su aliento mezclado con el aroma de su perfume francés—. Te pagaré diez mil dólares si finges ser mi novio apasionado solo por esta noche. Necesito entrar en ese salón, colgada de tu brazo, besándote frente a él, y que todo el mundo se pregunte quién es el dios que acaba de reemplazar al inútil de Diego.

Hubo un silencio absoluto en la mesa. La música del bar pareció desvanecerse.

El hombre miró la chequera, luego el rostro fiero y desesperado de Clara, y finalmente los diez mil dólares garabateados apresuradamente en el papel. Para un hombre como él, esa cantidad era lo que gastaba en propinas en una semana. Era absurdamente bajo. Y la suposición de que él, de entre todos los hombres, era un vulgar «gigoló» a sueldo, debería haberle ofendido profundamente.

Sin embargo, Alexander —pues ese era su verdadero nombre— estaba increíblemente aburrido. Su vida consistía en reuniones de juntas directivas, adquisiciones hostiles, guardaespaldas pesados y mujeres de la alta sociedad que se arrojaban a sus pies buscando su fortuna e influencia. Nadie, absolutamente nadie, se había acercado a él, sin tener idea de quién era, para ofrecerle un cheque ridículo a cambio de participar en una obra de teatro de venganza matrimonial.

Le pareció la situación más refrescante y divertida que le había ocurrido en años.

Alexander dejó escapar una risa baja, un sonido oscuro y vibrante que hizo que Clara se estremeciera, sin saber por qué.

—Diez mil dólares —murmuró Alexander, tamborileando los dedos sobre la mesa—. Por fingir ser tu amante. Para destruir el ego de tu esposo.

—Sí —afirmó Clara, sacando el cheque y deslizándolo por la mesa—. ¿Aceptas o busco a otro? Hay muchos hombres guapos en este bar, estoy segura de que a alguien le interesará.

Alexander atrapó el cheque bajo su dedo índice antes de que ella pudiera retirarlo. La miró a los ojos, y por un instante, Clara sintió que estaba haciendo un trato con el mismísimo diablo.

—Trato hecho, preciosa —dijo él, levantándose lentamente de la silla. Al ponerse de pie, Clara se dio cuenta de lo inmenso que era; medía al menos un metro noventa, dominando completamente el espacio a su alrededor—. Pero te lo advierto, si voy a fingir ser tu amante apasionado… no soy de los que hacen las cosas a medias. Vamos a darle a tu exmarido un espectáculo que jamás olvidará.

Capítulo 4: La entrada triunfal y la destrucción de Diego

El salón de baile del Grand Royal Hotel estaba deslumbrante. Las arañas de cristal de Bohemia proyectaban miles de luces sobre los vestidos de noche y los trajes de etiqueta. La élite de Horizon Enterprises charlaba, bebía champán caro y discutía los últimos rumores del mercado.

Cerca de la barra de hielo, Diego sostenía una copa de cristal. A pesar del escándalo de la mañana, lucía tranquilo. Conocía a Clara. Ella era racional, era fría bajo presión, era la mujer corporativa perfecta. Seguramente estaba en casa llorando, empacando sus cosas, pero no se atrevería a armar una escena en el evento del año. Eso arruinaría su propia carrera. Diego sonrió ante un chiste del Director Financiero, sintiéndose confiado de que saldría ileso de su desliz.

De repente, la música de la orquesta pareció bajar de volumen, no porque los músicos hubieran cambiado su tono, sino porque un silencio colectivo barrió la sala desde las grandes puertas dobles de entrada.

Diego se giró hacia donde todos miraban y su copa de champán resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo de mármol.

Allí estaba Clara.

Pero no era la Clara recatada, en trajes de negocios grises, que él conocía. Llevaba un vestido rojo sangre que se adhería a cada curva de su cuerpo como una segunda piel. Su cabello castaño estaba recogido en un peinado desordenado y elegante, sus labios pintados del mismo color del vestido. Caminaba con la gracia de una diosa de la venganza.

Y no estaba sola.

A su lado, sosteniéndola firmemente por la cintura con una posesividad que hizo hervir la sangre de Diego, estaba un hombre que dejaba en ridículo a cada ejecutivo de la sala. Vestía un esmoquin negro perfecto, y su postura gritaba arrogancia, poder y riqueza. Sus ojos oscuros recorrían la sala con el desdén de un rey evaluando a sus súbditos.

Murmullos estallaron por todo el salón.

—¿Es esa Clara de Cuentas? —susurró una ejecutiva. —¡Por Dios! ¿Quién es ese hombre con ella? Parece una estrella de cine de Hollywood… o realeza europea. —Y mira esas joyas que lleva ella… ¡Ese collar de rubíes vale millones!

Clara sentía que iba a desmayarse. La mano de Alexander en su cintura era firme y caliente. Él inclinó su rostro hacia ella, susurrándole al oído de manera íntima.

—Respira, preciosa. Lo estás haciendo perfecto. Ahora, ¿dónde está el objetivo?

Clara tragó saliva y asintió levemente hacia la barra de hielo, donde Diego los miraba con el rostro deformado por el asombro y la furia.

—Allí. El de cara de idiota con champán en los zapatos.

Alexander soltó una carcajada genuina que hizo que varias mujeres cercanas se abanicaran. Sin soltar la cintura de Clara, la guió directamente hacia el círculo de directivos donde estaba Diego.

Diego, recuperando parte de su arrogancia, dio un paso al frente para interceptarlos, con el rostro rojo de ira.

—Clara —siseó entre dientes, intentando no levantar la voz frente a los jefes—. ¿Qué demonios significa esto? ¿Quién es este tipo y qué haces con él?

Clara sonrió. Una sonrisa depredadora, fría y absolutamente letal.

—Diego, querido —dijo ella, su voz suave pero lo suficientemente fuerte para que todos a su alrededor la escucharan—. Pensé que ya que tú estabas tan ocupado explorando nuevos talentos en la cama de nuestra casa, yo también debería expandir mis horizontes. Te presento a… mi acompañante.

Alexander no perdió el ritmo. Tomó la mano de Clara, la levantó y besó el dorso con una reverencia que exudaba clase antigua. Luego, miró a Diego de arriba abajo, evaluando su esmoquin alquilado, su postura defensiva y su rostro enfurecido. Su mirada fue despectiva y aniquiladora.

—Mucho gusto, Diego —dijo Alexander, su voz resonando en el repentino silencio del grupo. No le tendió la mano—. Clara me ha hablado muchísimo de ti. Bueno, en realidad, me ha contado de tus evidentes… limitaciones. He venido a asegurarme de que la mujer más espectacular de esta sala pase una noche digna de ella.

El rostro de Diego pasó del rojo al morado. Los ejecutivos a su alrededor ahogaron exclamaciones y algunos contuvieron la risa. La humillación era total y absoluta.

—Tú… ¡Eres un maldito cualquiera! —estalló Diego, perdiendo los papeles, dando un paso agresivo hacia Alexander—. ¡Te parto la cara, pedazo de…!

Antes de que Diego pudiera levantar una mano, Alexander se movió con una velocidad aterradora. En un parpadeo, Alexander agarró a Diego por la solapa de su esmoquin, levantándolo unos centímetros del suelo. La expresión relajada del supuesto modelo se transformó en una máscara de letalidad pura.

—Te sugiero que cuides el tono de tu voz frente a esta dama —susurró Alexander, su voz ahora gélida, cortando el aire como un bisturí—. O te juro que la destrucción de tu matrimonio será el menor de tus problemas. ¿Me has entendido?

Diego, temblando, aterrorizado por la fuerza física y el aura intimidante del hombre, asintió rápidamente.

Alexander lo soltó con desdén, alisando su propio traje. Se giró hacia Clara, cuyo corazón latía a mil por hora, maravillada por la actuación del hombre.

—Este ambiente me resulta sofocante, mi amor —dijo Alexander, cambiando instantáneamente a un tono dulce y seductor, rodeando el cuello de Clara con su brazo—. ¿Por qué no nos vamos a un lugar más privado?

Clara asintió, sin apartar la mirada de los ojos oscuros del extraño. Alexander la tomó en sus brazos frente a todos, la inclinó levemente y la besó apasionadamente en medio del salón. Fue un beso demandante, profundo, posesivo. Clara jadeó ante el contacto, sintiendo una corriente eléctrica atravesar su cuerpo. Por un momento, olvidó a Diego, olvidó la gala, olvidó el trato y los diez mil dólares. Solo existía el calor de esos labios, el aroma a sándalo de ese hombre y el fuerte abrazo que la sostenía.

Cuando se separaron, Clara estaba sonrojada y respirando con dificultad. Alexander le sonrió, triunfal. Y juntos, caminaron hacia la salida, dejando atrás a un Diego destrozado, humillado y siendo el hazmerreír de toda la corporación.

Capítulo 5: De la farsa a la pasión real

La noche no terminó en la puerta del salón de baile. Clara estaba eufórica. La venganza había sido más dulce de lo que jamás había imaginado. Alexander la guio hacia un lujoso coche negro que los esperaba fuera, un coche con chófer privado, lo cual a Clara le pareció un servicio excelente para un «modelo de agencia».

—¿A dónde, señor? —preguntó el chófer. —Al Penthouse del Four Seasons, Arthur —respondió Alexander.

Durante el trayecto, la tensión en el coche era espesa y ardiente. Clara miraba por la ventana, riéndose suavemente.

—Estuviste increíble —le dijo, girándose hacia él—. Esa frase de las ‘limitaciones’… la cara de Diego fue impagable. Eres el mejor actor que he visto en mi vida. Vale cada centavo de los diez mil dólares.

Alexander sonrió, observando sus labios hinchados por el beso.

—No soy actor, Clara. Solo sé reconocer cuándo un hombre no valora el tesoro que tiene frente a él.

Llegaron al hotel y subieron por el ascensor privado hasta el penthouse. Clara estaba completamente intoxicada, no solo por el alcohol, sino por la liberación emocional de la noche. Cuando las puertas del ascensor se abrieron directamente en la majestuosa suite, con vistas a toda la ciudad iluminada, ella dejó caer su pequeño bolso al suelo.

Se giró hacia Alexander. Ya no había un público para el que actuar. No estaba Diego, no estaban los ejecutivos. Estaban solos.

Alexander se quitó la chaqueta del esmoquin, desabrochó su pajarita y sirvió dos copas de agua. Cuando se giró para dárselas, Clara estaba justo frente a él.

—El contrato era por esta noche —susurró ella, alzando la vista hacia él—. Y la noche aún no termina.

Alexander dejó los vasos en la mesa. Sus ojos se oscurecieron con deseo puro. Sabía que ella era vulnerable, que estaba herida, pero también sabía que, bajo toda esa capa de dolor, había una pasión fiera esperando ser desatada.

—¿Estás segura de esto, Clara? —preguntó él, su voz ronca—. Una vez que crucemos esta línea, no hay vuelta atrás. Y te lo aseguro, soy un hombre muy egoísta. No me gusta compartir lo que es mío.

Por primera vez en años, Clara no pensó en el futuro, ni en las cuentas, ni en las responsabilidades. Pensó en ella misma. Pensó en sentirse deseada.

—Hazme olvidar mi nombre —respondió ella, cerrando la distancia y uniendo sus labios a los de él.

Lo que siguió fue un huracán de pasión. Alexander fue todo lo que Diego no había sido durante años: atento, salvaje, devoto y arrollador. Entre sábanas de seda, bajo la luz de la luna que entraba por los enormes ventanales, consumaron un acto de rebelión y deseo que borró por completo el amargo sabor del día. La farsa del bar se había transformado, en la oscuridad del penthouse, en una conexión intensamente real y abrumadora.

Cuando Clara despertó, el sol brillaba alto. Le dolía la cabeza, pero esta vez, su cuerpo se sentía ligero, satisfecho y renovado. Miró a su lado. Alexander dormía profundamente, boca abajo, con la sábana cubriendo solo la mitad de su torso esculpido. Era absurdamente guapo, incluso dormido.

El pánico se apoderó de ella. La realidad del miércoles por la mañana se estrelló contra ella como un tren. Había dormido con un gigoló de lujo. Había roto su matrimonio. Tenía que ir a trabajar.

Rápidamente y en silencio, Clara recogió su ropa, su vestido rojo y se vistió apresuradamente en el baño. Salió de puntillas. Antes de cruzar la puerta del penthouse, recordó el pago. Sacó la chequera de su bolso, rellenó los datos con sus manos temblorosas por diez mil dólares, y lo dejó en la mesita de entrada, debajo de una copa vacía para que el viento no se lo llevara.

Se marchó corriendo, sin mirar atrás, convencida de que esa había sido la locura de una sola noche y que jamás, bajo ninguna circunstancia, volvería a cruzarse con aquel dios oscuro que había contratado.

Capítulo 6: El Rey en el ascensor de cristal

Clara llegó a las oficinas de Horizon Enterprises a las diez de la mañana. Se había ido a casa, se había duchado apresuradamente (asegurándose de que las maletas de Diego estuvieran en el porche y él ya no estuviera en la casa), se había puesto un traje sastre gris impecable y había atado su cabello en un moño severo.

Pero, al salir del ascensor en su planta, notó que algo andaba muy, muy mal.

No había nadie trabajando. Los pasillos estaban llenos de murmullos nerviosos, los empleados corrían con carpetas, y algunos empacaban cajas. Clara frunció el ceño, interceptando a su asistente.

—¿Qué demonios está pasando, Laura? ¿Por qué parece que acaba de caer una bomba nuclear en el departamento?

Laura, pálida como el papel, la miró con ojos abiertos.

—¡Clara! ¿Dónde has estado? ¡Es una locura! Anoche, en la gala, después de que te fuiste… el CEO anunció la gran noticia. Horizon Enterprises ha sido comprada. ¡Una adquisición hostil!

Clara sintió que el suelo se movía. —¿Comprada? ¿Por quién?

—Por el conglomerado The Royals Holdings, de Europa. Son despiadados, Clara. Despiden a la mitad del personal el primer día. Y lo peor de todo es que el mismísimo dueño, el billonario y príncipe heredero del conglomerado, está de visita en la ciudad. ¡Viene hoy a inspeccionar las oficinas! ¡Está subiendo en este momento en el ascensor ejecutivo!

Clara parpadeó. Bueno, su vida matrimonial estaba en ruinas, acababa de gastar sus ahorros en un prostituto caro, y ahora, probablemente perdería su trabajo. Era el peor martes y miércoles de su existencia.

Respiró hondo, aferrando sus carpetas contra el pecho. —No te preocupes, Laura. Nuestro departamento es el más rentable. Sobreviviremos a cualquier jefe nuevo que envíen, no importa cuán tirano sea. Prepárame los informes trimestrales.

En ese preciso momento, el sonido de campana del ascensor ejecutivo de cristal resonó en todo el piso abierto. Cientos de empleados se congelaron en sus sitios, formando una especie de pasillo improvisado hacia la sala de juntas. El silencio era sepulcral, cargado de miedo reverencial.

Clara se quedó de pie en medio del pasillo, sosteniendo sus carpetas, lista para saludar a su nuevo supremo líder, al magnate europeo que venía a juzgarlos.

Las puertas de acero pulido se abrieron lentamente.

Primero, salieron cuatro guardaespaldas inmensos con trajes negros, auriculares en los oídos y expresiones de piedra, tomando posiciones en el pasillo. Y luego, detrás de ellos, salió él.

El mundo de Clara se detuvo de nuevo, pero esta vez, el impacto no fue de tristeza, sino de pánico cósmico absoluto.

De las puertas del ascensor salió el «modelo» del bar. El hombre que la había besado apasionadamente frente a Diego. El hombre con el que se había revolcado entre sábanas de seda doce horas antes.

Estaba vestido con un traje a la medida color azul rey oscuro que irradiaba poder y opulencia a cada paso que daba. Su cabello estaba perfectamente peinado hacia atrás. Un reloj Patek Philippe brillaba en su muñeca, y su postura era la de un emperador recorriendo sus nuevas tierras conquistadas. A su lado, caminaba el antiguo CEO de Horizon, sudando y asintiendo frenéticamente a todo lo que él decía.

Clara dejó de respirar.

No. No puede ser. Él era un prostituto del bar. Yo le di un cheque. Le di diez mil dólares.

Alexander caminaba por el pasillo, su mirada oscura y aguda evaluando los escritorios, las paredes, al personal aterrorizado. Cuando sus ojos finalmente se cruzaron con los de Clara, que estaba a diez metros de distancia, Alexander se detuvo en seco.

El tiempo pareció congelarse.

Las carpetas resbalaron de las manos entumecidas de Clara, cayendo al suelo alfombrado con un ruido sordo que hizo eco en el silencio de la oficina.

Para asombro de todos los presentes, el nuevo y despiadado CEO, el hombre que compraba corporaciones como quien compra pan, cambió su ruta. Caminó directamente hacia Clara.

Cada paso resonaba como un martillazo. Clara sentía que iba a desmayarse allí mismo.

Alexander se detuvo justo frente a ella. Era incluso más imponente a la luz del día, rodeado de su ejército corporativo. Su mirada devoró el rostro asustado de Clara, recordando el sabor de su piel.

Lentamente, y ante la mirada atónita de cientos de empleados, Alexander se inclinó, recogió las carpetas del suelo y se incorporó. No se apartó. En lugar de eso, invadió su espacio personal, acercando su rostro impecable al oído de ella. Clara podía oler el familiar aroma a sándalo mezclado con una carísima colonia.

—Buenos días, señorita Clara —susurró Alexander, su voz grave, vibrando con una mezcla de diversión, poder y un deseo oscuro—. Tienes un grave problema financiero.

Clara apenas pudo mover los labios, pero logró articular un susurro aterrorizado: —¿Qué…?

Alexander sonrió. Una sonrisa arrogante, depredadora, la sonrisa del lobo que acaba de atrapar al cordero más hermoso del rebaño.

—El cheque rebotó, Clara —murmuró contra su oreja, haciendo que se estremeciera de pies a cabeza—. Por tu expresión, ya te diste cuenta de que no soy un modelo de alquiler. Soy tu nuevo jefe… y Príncipe heredero de The Royals Holdings.

Se enderezó, clavando sus ojos negros en los castaños de ella, mientras el resto de la oficina observaba la escena completamente boquiabierta, sin atreverse a emitir un sonido. Alexander le guiñó el ojo de manera imperceptible y bajó la voz un tono más, solo para ella.

—Me debes diez mil dólares por mis servicios de anoche, preciosa. Y, dado que el cheque no tiene fondos, creo que vamos a tener que negociar… otro tipo de pago directamente en mi nueva oficina privada. Te espero arriba en cinco minutos. No llegues tarde.

Alexander le devolvió las carpetas, rozando los dedos de ella intencionadamente, y giró sobre sus talones, continuando su marcha hacia la sala de juntas mientras los guardaespaldas lo seguían.

Clara se quedó parada en medio del pasillo, con el corazón latiendo desbocado, las rodillas temblando y la cara encendida en fuego. Su esposo la había traicionado, sí, pero el destino le acababa de jugar la carta más salvaje, peligrosa y ardiente de toda su vida. Y esto… esto apenas era el comienzo.

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