El genio que logró predecir la muerte de toda la humanidad: descubrió un aterrador secreto sobre su propia vida

Publicado por emontero el

RESUMEN BREVE: Elías es un joven y brillante programador que creó a «Láquesis», una Inteligencia Artificial capaz de predecir el segundo exacto en que morirá cualquier ser humano. Tras demostrarle al mundo que su sistema es infalible, decide consultar su propia fecha de defunción. La aterradora respuesta de la máquina desatará una persecución implacable, donde un misterioso asesino del futuro cruzará la barrera del tiempo no para asesinarlo, sino para borrar su existencia misma de la realidad.

Elías Vance siempre fue considerado un bicho raro. A sus veinticuatro años, prefería la fría luz azul de sus monitores al calor del sol. En el sótano de un edificio abandonado en el centro de la ciudad, alimentado por litros de café y una obsesión enfermiza, Elías había logrado lo imposible.

Había creado a Láquesis.

Láquesis no era un simple algoritmo. Era una Inteligencia Artificial cuántica, conectada a los historiales médicos, genéticos, ambientales y probabilísticos de todo el planeta. Su propósito original era calcular riesgos de seguros. Pero Elías descubrió que, si alimentaba a Láquesis con la información suficiente, la IA podía hacer algo mucho más macabro: predecir la muerte. No el «cómo», sino el cuándo, hasta el último maldito segundo.

La prueba que aterrorizó al mundo
Al principio, nadie le creyó. En un foro de tecnología en vivo, un arrogante inversor multimillonario llamado Marcus Thorne se burló de Elías frente a miles de espectadores.

—Si tu maquinita es tan lista, niño —dijo Thorne, riendo—. Dime cuándo voy a estirar la pata.

Elías no dijo nada. Tecleó el nombre de Marcus en su terminal. La pantalla de Láquesis parpadeó en rojo y arrojó un resultado en letras gigantes: HOY. 15:14:03.

Thorne soltó una carcajada y miró su costoso reloj suizo. Eran las 15:12.
—Te quedan dos minutos para probar que eres un fraude —se burló el inversor.

Pero a las 15:14 en punto, la sonrisa de Thorne desapareció. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, se llevó una mano al pecho y se desplomó sobre el escenario frente a las cámaras en vivo. Un aneurisma masivo e indetectable. El reloj marcó las 15:14:03 cuando su corazón dio el último latido.

El mundo entró en pánico. Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Elías ingresó cincuenta nombres aleatorios de celebridades, políticos y ciudadanos comunes. Las cincuenta predicciones se cumplieron con una precisión milimétrica. Accidentes de auto, enfermedades repentinas, caídas. Nadie podía escapar de Láquesis. El destino ya no era un misterio; era matemáticas puras.

El error en el sistema
Encerrado en su sótano, abrumado por el poder divino que ahora tenía en sus manos, Elías sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Solo quedaba una persona a la que no había buscado. Él mismo.

Con dedos temblorosos, ingresó su número de identificación, su genoma y su nombre: ELÍAS VANCE.

La interfaz azul de Láquesis se congeló. Los servidores a su alrededor zumbaron con una intensidad ensordecedora, elevando la temperatura de la habitación. Tras unos angustiosos minutos, la pantalla no se puso roja. Se volvió negra. Y un texto verde y parpadeante apareció en el centro:

RESULTADO: INDEFINIDO.
ERROR 404: MUERTE NO ENCONTRADA.
ANOMALÍA DETECTADA: EXISTENCIA CORROMPIDA.

Elías frunció el ceño, ajustándose las gafas. «¿Cómo que muerte no encontrada?», murmuró para sí mismo. Pensó que era un bug en el código. Pero al intentar acceder a su cuenta bancaria para comprar más servidores, la pantalla le mostró un mensaje de «Usuario Inexistente».

Trató de entrar a sus redes sociales. Borradas. Llamó a su madre por teléfono. Cuando la mujer contestó, Elías escuchó la voz confundida al otro lado de la línea.
—¿Hola? ¿Quién habla? Yo no tengo ningún hijo llamado Elías. Yo perdí a mi bebé en el parto hace veinticuatro años.

El teléfono se resbaló de sus manos. Algo espantoso estaba sucediendo. No era que Láquesis no pudiera calcular cuándo iba a morir. Era que el universo mismo estaba empezando a olvidar que él estaba vivo.

El visitante del futuro
Las luces del sótano parpadearon violentamente y se apagaron, dejando solo el brillo azul de los servidores. El aire se volvió pesado, cargado con un zumbido eléctrico que erizaba el vello de los brazos.

En el centro de la habitación, el espacio físico pareció rasgarse como una tela vieja. De esa distorsión visual emergió un hombre. Llevaba una gabardina táctica plateada y un visor ocular que brillaba con una luz roja siniestra. No caminaba; parecía deslizarse sobre el suelo.

—No es un error del sistema, Elías —dijo el hombre, con una voz metálica que resonaba directamente en la mente del joven programador—. Láquesis no puede encontrar tu muerte, porque en nuestra línea temporal, tú nunca exististe.

Elías retrocedió, chocando contra un escritorio.
—¿Quién demonios eres tú? ¿Qué me está pasando?

—Me llaman «El Corrector» —respondió el extraño, sacando un dispositivo cilíndrico de su abrigo—. Vengo del año 2084. Al crear a Láquesis, rompiste el flujo natural de la entropía. La humanidad dejó de vivir y se limitó a esperar su fecha de caducidad. El futuro colapsó.

El Corrector dio un paso al frente, apuntando el dispositivo hacia Elías.
—No vengo a matarte. Vengo a extirparte de la línea de tiempo. El código que insertaste en Láquesis ha desencadenado una purga retroactiva. Tus cuentas, tus fotografías, los recuerdos de tu madre… ya se han ido. Ahora, es tu turno físico.

La paradoja y la huida
Elías miró hacia abajo y un grito ahogado escapó de su garganta. Sus propias manos estaban empezando a volverse translúcidas. Podía ver el suelo a través de su piel, y sus dedos parpadeaban como un holograma dañado. Se estaba borrando de la realidad.

Pero Elías Vance era un genio. Y un genio nunca deja su servidor sin una puerta trasera de seguridad.

Con la poca fuerza física que le quedaba, Elías golpeó el enorme botón rojo de emergencia debajo de su escritorio. No era una alarma. Era un pulso electromagnético (EMP) localizado que él mismo había construido para proteger su código de los hackers.

La onda de choque invisible estalló en el sótano. Todos los servidores se apagaron de golpe. El traje futurista del Corrector chisporroteó, su visor rojo se apagó y el asesino temporal cayó de rodillas, paralizado por el cortocircuito en su tecnología.

Elías no perdió un segundo. Corrió hacia la salida de emergencia, tropezando con sus propias piernas semi-invisibles. Justo cuando abrió la puerta hacia el callejón lluvioso, su teléfono celular (que estaba blindado contra el EMP) vibró en su bolsillo.

Era un mensaje de texto. De un número desconocido. Pero el remitente tenía su misma foto de perfil.

«Lograste ganar tiempo. No confíes en Láquesis. El futuro te mintió. Corre.»

Elías miró sus manos. El proceso de desaparición se había detenido temporalmente, pero sus dedos seguían ligeramente transparentes. Había sobrevivido al primer ataque, pero ahora era un fantasma en su propio mundo, perseguido por el futuro, y guiado por una versión de sí mismo que intentaba salvar la línea temporal.

La cacería apenas comenzaba.

¿Qué harías tú si descubrieras que tu destino es ser borrado del universo? ¿Logrará Elías restaurar su existencia y destruir a Láquesis antes de que El Corrector vuelva a encenderse?

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