¡EL COMBATE QUE ROMPE TODAS LAS REGLAS! Freezer regresa 100 años después y la nueva guerrera Saiyajin desata el poder definitivo.

Publicado por emontero el

CAPÍTULO I: El Eco de las Leyendas en un Mundo Roto

Cien años es un parpadeo en la vida del cosmos, pero para el planeta Tierra, fue el tiempo suficiente para que los dioses pasaran a ser mitos y los héroes se convirtieran en polvo. Ha pasado un siglo desde que Son Goku, Vegeta y el resto de los Guerreros Z desaparecieron en los confines del multiverso, dejando atrás un mundo que, irónicamente, casi se destruye a sí mismo no por magia alienígena, sino por el colapso de su propio núcleo tecnológico y guerras civiles. Hoy, la Tierra es un vasto paisaje posapocalíptico de ciudades oxidadas devoradas por la naturaleza y páramos desérticos donde la supervivencia es el único dios al que la humanidad reza.

En medio de las ruinas del antiguo Monte Paoz, el viento soplaba levantando remolinos de polvo dorado. Allí, una figura solitaria rompía el silencio con explosiones sónicas.

Miya era una joven de diecinueve años, de estatura media pero con una musculatura fibrosa y definida, esculpida por años de sobrevivir en un mundo hostil. Llevaba un gi de combate futurista de color granate, desgastado en los bordes, y su cabello negro y puntiagudo desafiaba la gravedad de esa forma inconfundible que solo poseían aquellos con sangre guerrera. Alrededor de su cintura, envuelta como un cinturón peludo, descansaba su cola de mono, el rasgo biológico recesivo que, por algún capricho de la genética, había resurgido en ella tras generaciones.

Miya lanzó una ráfaga de patadas al aire, cada una de ellas generando ondas de choque que partían las rocas a diez metros de distancia. Su respiración era agitada. Su aura, un fuego transparente y chisporroteante, parpadeaba inestable alrededor de su cuerpo.

—Estás dudando. Tus golpes tienen fuerza, pero carecen de propósito. Eres predecible, niña.

La voz, profunda, rasposa y cargada con el peso de más de un siglo de sabiduría, resonó desde la cima de un pilar de piedra. Allí, sentado en posición de loto, con su eterna capa blanca ondeando al viento y su turbante proyectando una sombra sobre su rostro verde, se encontraba Piccolo.

El Namekiano era el último de la vieja guardia. Su piel estaba surcada por profundas arrugas y su cuerpo ya no poseía la juventud de antaño, pero su Ki seguía siendo un océano insondable, silencioso y abrumadoramente denso. Había sobrevivido al paso del tiempo mediante meditaciones profundas, esperando pacientemente el día en que la Tierra volviera a necesitar a un guardián. Y había encontrado a Miya.

Miya detuvo sus ataques, dejando caer los brazos a los costados, frustrada.

—¡Estoy golpeando con todo lo que tengo, Maestro Piccolo! —replicó ella, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo—. Pero cada vez que intento canalizar la rabia, como decían las leyendas del primer Super Saiyajin, pierdo el control. Siento que la energía me quema desde adentro y se dispersa.

Piccolo abrió los ojos. Descendió del pilar flotando lentamente hasta tocar el suelo agrietado frente a ella.

—El problema, Miya, es que estás intentando imitar a fantasmas —dijo Piccolo, clavando su mirada penetrante en la joven—. Has escuchado tantas historias sobre tu tatarabuelo, sobre Goku y su ira legendaria en Namek, que crees que el único camino hacia el poder es perder la cordura. Pero tú no eres él. El mundo en el que Goku luchaba ya no existe. Tu sangre está diluida por un siglo de humanidad, lo cual no es una debilidad, sino tu mayor ventaja.

—¿Ventaja? ¿Sentir empatía, sentir miedo, es una ventaja? —Miya bajó la mirada, apretando los puños.

—La ira de un Saiyajin puro es como un incendio forestal: lo consume todo, incluido al propio guerrero. Pero la mente humana puede construir un horno para contener ese fuego y dirigirlo. Deja de intentar ser la leyenda de hace cien años. Necesitas encontrar tu propio detonante. Una evolución que nazca de la voluntad de proteger, no solo del deseo primitivo de pelear.

Miya asintió en silencio. Cerró los ojos, intentando buscar ese centro de gravedad mental del que Piccolo siempre hablaba. Sin embargo, su meditación fue interrumpida de forma abrupta y brutal.

CAPÍTULO II: El Frío que Congela el Ki

El aire en el Monte Paoz cambió. Literalmente, la temperatura cayó en picado en cuestión de segundos, escarchando la hierba muerta y empañando el aliento de Miya. No era un fenómeno meteorológico. Era presión espiritual.

Un Ki tan oscuro, gélido y malevolente que parecía absorber la luz del sol se extendió por la atmósfera. Miya cayó de rodillas instantáneamente, agarrándose el pecho. Sentía náuseas. Su instinto biológico de supervivencia le gritaba que corriera, que se escondiera, que cavara un hoyo en la tierra y no saliera jamás. Era una sensación de terror paralizante que nunca antes había experimentado.

Piccolo no cayó, pero su rostro verde palideció dramáticamente. Abrió los ojos de par en par, sus pupilas reducidas a dos pequeños puntos de incredulidad y horror.

—No… Es imposible… —murmuró el Namekiano, su voz temblando por primera vez desde que Miya lo conocía—. Esa firma de energía. Cien años. Han pasado cien años. ¿Cómo puede seguir vivo? ¡Ese Ki debería haber sido borrado de la existencia!

—Maestro… ¿qué es eso? —jadeó Miya, intentando ponerse en pie—. Se siente… se siente como si la muerte misma estuviera respirando en mi nuca.

—Miya, escúchame con atención. —Piccolo se giró hacia ella, su tono era de urgencia absoluta—. Oculta tu Ki. Ahora mismo. No dejes que ni una sola chispa de energía escape de tu cuerpo.

Pero era demasiado tarde.

El cielo azul se rasgó. Las nubes se disiparon violentamente, empujadas por la onda expansiva de una nave circular que descendía desde la estratosfera a una velocidad supersónica. La estructura metálica, pulida y elegante, se detuvo a quinientos metros de altura, flotando silenciosamente sobre ellos.

Un rayo de luz rojiza iluminó el suelo, y una figura descendió lentamente desde la escotilla de la nave.

No utilizaba una silla flotante. Descendía usando su propia levitación, con los brazos cruzados a su espalda, envuelto en un aura de color púrpura oscuro que distorsionaba el espacio a su alrededor.

Era Freezer.

Pero no era el mismo Emperador del Mal que los libros de historia describían. Tras un siglo de conquistas en los rincones más lejanos del universo, su fisiología había evolucionado. Su forma final era más esbelta, su bio-armadura blanca relucía como si estuviera hecha de diamante líquido, y las gemas púrpuras en su cabeza, hombros y pecho brillaban con una intensidad atómica. Su rostro seguía siendo la misma máscara de elegancia sádica, pero sus ojos rojos irradiaban una experiencia y una maldad que trascendía el tiempo.

El tirano aterrizó suavemente a unos veinte metros de Miya y Piccolo. El crujido de sus botas contra la tierra seca resonó como un trueno en el silencio sepulcral.

—Vaya, vaya, vaya… —La voz de Freezer era tan suave y refinada como el veneno puro—. Tantos años luz de viaje, tanta investigación a través de las ruinas de las bases de datos galácticas para encontrar este patético planeta de fango, y lo primero que mis ojos tienen el desagrado de ver es a un viejo y marchito Namekiano.

Freezer soltó una pequeña risa aristocrática, cubriendo su boca con tres dedos.

—Dime, Piccolo, ¿acaso las esferas del dragón de este mundo te concedieron la inmortalidad para vivir en esta basura posapocalíptica? El universo ha sido muy amable conmigo, pero veo que el tiempo no ha tenido piedad contigo.

Piccolo dio un paso al frente, interponiéndose entre Freezer y Miya.

—Freezer. —El nombre salió de la boca de Piccolo como un insulto escupido con veneno—. Te creíamos muerto. Goku y Vegeta se aseguraron de que no volvieras a ser una amenaza para los universos.

—¡Oh, por favor! No menciones a esos simios ignorantes en mi presencia —El rostro de Freezer se contorsionó en una mueca de asco genuino durante una fracción de segundo, antes de recuperar su sonrisa educada—. Tuvimos nuestros… desacuerdos en el pasado. Y admito que sus evoluciones primitivas me dieron problemas en su momento. Pero los mortales mueren, Piccolo. Envejecen y desaparecen. Yo, por otro lado, dediqué este último siglo a dominar el arte de la energía vital oscura en el Reino de los Demonios. Ahora soy verdaderamente eterno.

Los ojos rojos de Freezer se desplazaron lentamente desde Piccolo hasta la joven que estaba detrás de él. Su mirada se detuvo en el cabello negro en punta, en la postura desafiante y, finalmente, en la cola castaña enrollada en su cintura.

Una sonrisa demoníaca, ancha y cruel, partió el rostro de Freezer.

—Fascinante. La plaga sobrevive a pesar de todo —susurró el Emperador—. Una Saiyajin. Dime, niña, ¿tienes algún parentesco con ese odioso mono llamado Goku? ¿O eres de la línea de sangre del amargado Príncipe Vegeta? En realidad, no importa. He venido a este basurero a purgar el universo del último rastro de su ADN.

CAPÍTULO III: El Peso del Linaje

Miya sentía que el terror intentaba congelar sus venas, pero las palabras de Freezer encendieron una chispa diferente en su interior. Aquel monstruo estaba insultando a sus ancestros, despreciando la sangre que corría por su cuerpo. Recordó las enseñanzas de Piccolo: el detonante no debía ser la rabia ciega, sino la voluntad. Su voluntad de demostrar que el legado de los Saiyajin no terminaría allí, en el polvo y el olvido.

Miya empujó suavemente a Piccolo a un lado y avanzó.

—Mi nombre es Miya —dijo la joven, su voz ganando firmeza con cada sílaba—. Y no soy el eco de los guerreros que te derrotaron hace cien años. Soy la que te va a enterrar hoy para siempre.

Freezer estalló en carcajadas. Una risa escandalosa y arrogante que hizo temblar la tierra.

—¡Hahahahaha! ¡Oh, la arrogancia de los monos nunca cambia! —Freezer se secó una lágrima falsa del rabillo del ojo—. ¿Enterrarme a mí? Niña, tu nivel de poder apenas roza lo que Raditz tenía cuando llegó a la Tierra. Eres una reliquia evolutiva, un defecto genético. Ni siquiera tienes el poder de transformarte en ese patético estado de cabello rubio. Te mataré con un solo dedo y luego vaporizaré lo que queda de este planeta miserable.

Freezer levantó su dedo índice derecho. Una minúscula chispa de energía color magenta brillante apareció en la punta. Sin siquiera apuntar, y con la misma casualidad con la que alguien espantaría a una mosca, lanzó un Rayo Mortal.

El ataque cortó el aire a la velocidad de la luz.

Miya ni siquiera tuvo tiempo de procesar visualmente el disparo. Su cerebro no fue lo suficientemente rápido, pero su instinto sí. En un milisegundo, la sangre de su linaje activó sus reflejos de combate. Miya se inclinó hacia un lado, sintiendo el calor abrasador del rayo de energía pasar a milímetros de su mejilla derecha, cortando un mechón de su cabello negro.

El rayo impactó en la base de la montaña que tenían a sus espaldas. Un segundo después, una explosión atómica devoró la roca maciza, vaporizando millones de toneladas de piedra y creando un cráter humeante del tamaño de una ciudad.

El viento de la onda expansiva empujó a Miya varios metros hacia atrás, haciéndola caer al suelo. Piccolo se cubrió el rostro con su capa, resistiendo la fuerza del impacto.

Freezer levantó una ceja, ligeramente sorprendido.

—Curioso. Tienes buenos instintos, pequeña mona. Lograste evadir el uno por ciento de mi velocidad. Veamos cómo esquivas esto.

Freezer desapareció.

No hubo sonido de movimiento. Simplemente dejó de existir en el lugar donde estaba parado.

Miya sintió un golpe devastador en su abdomen antes de que pudiera siquiera parpadear. El aire abandonó sus pulmones en un grito agónico. El puño blanco de Freezer se había hundido en su estómago con la fuerza de un meteorito. La potencia del impacto no la arrojó hacia atrás; la onda de choque atravesó su cuerpo y reventó la tierra a sus espaldas en un radio de cien metros.

Miya tosió sangre, cayendo de rodillas. El dolor era absoluto, nublando su visión.

—Demasiado lenta. Demasiado frágil —susurró Freezer, caminando fríamente a su alrededor—. Los Saiyajin de antaño al menos sabían cómo dar pelea. Tú solo eres una vergüenza para el recuerdo de mi venganza.

—¡ALEJATE DE ELLA! —rugió Piccolo.

El anciano Namekiano estalló en un aura verde brillante. En un despliegue de velocidad asombroso para su edad, Piccolo acortó la distancia, lanzando un Makankosappo de corta distancia, concentrando todo su Ki en los dos dedos de su mano derecha. El rayo de luz espiral perforó el aire directamente hacia el pecho del tirano.

Freezer ni siquiera se giró. Levantó su mano izquierda hacia atrás, bloqueando el ataque más destructivo de Piccolo con la palma abierta. El rayo impactó contra su mano, generando una explosión de humo y chispas, pero cuando el polvo se disipó, la bio-armadura de Freezer no tenía ni un rasguño. El ataque se había disuelto en la nada.

—Un truco nostálgico, viejo amigo —dijo Freezer, girando la cabeza y sonriendo sádicamente—. Mi turno.

Freezer extendió su mano y desató una onda de choque telequinética invisible. Piccolo fue golpeado con la fuerza de un huracán sólido, siendo arrojado cientos de metros por el aire, atravesando tres colinas de roca sólida antes de quedar enterrado bajo los escombros.

CAPÍTULO IV: El Despertar y el Nacimiento del Poder Definitivo

Miya vio a su maestro, su única figura paterna, ser aplastado sin esfuerzo. Un nudo de desesperación intentó ahogar su corazón. Freezer se rió por lo bajo, acercándose a ella, levantando su pie acorazado para pisarle la cabeza y terminar el trabajo.

—Se acabó el juego, cría de mono. Desaparece en la oscuridad del universo.

Pero el pie de Freezer nunca tocó el rostro de Miya.

A centímetros de impactar, el tobillo del tirano fue agarrado por una mano temblorosa, pero envuelta en un fuego extraño. Freezer intentó presionar hacia abajo, sorprendido de encontrar una resistencia física real, una fuerza que impedía que su bota avanzara.

Bajó la mirada.

Miya estaba agarrando su pierna. Las venas de sus brazos estaban remarcadas bajo la piel, latiendo violentamente. Su cabeza estaba gacha, pero la sangre de su boca goteaba sobre la tierra seca. Y el aire a su alrededor… el aire había comenzado a hervir.

Las pequeñas piedras alrededor del cráter comenzaron a levitar, desafiando la gravedad. El Ki que emanaba de la joven Saiyajin ya no era errático ni inestable. Se había vuelto abrumadoramente pesado.

Miya recordó las palabras de Piccolo: «Tu sangre está diluida por un siglo de humanidad… la mente humana puede construir un horno para contener ese fuego… Una evolución que nazca de la voluntad de proteger.»

La ira clásica de los Saiyajin era un estallido, una rabieta de poder. Pero la emoción humana combinada con esa sangre ancestral era diferente. No era rabia ciega. Era indignación absoluta. Era amor puro por el anciano Namekiano que la había criado. Era la convicción inquebrantable de no ser una víctima más en la larga lista negra de este tirano.

—Quita tus sucias manos de encima, insecto —bramó Freezer, sintiendo una punzada de alarma al ver que la temperatura del área se elevaba a niveles volcánicos.

Intentó soltarse de una patada, pero Miya apretó el agarre, hundiendo sus dedos en la dura bio-armadura de su pierna hasta que pequeñas grietas comenzaron a aparecer.

Miya levantó el rostro.

La imagen hizo que Freezer retrocediera un paso instintivamente. Los ojos oscuros de Miya habían desaparecido. Sus pupilas se habían dilatado y su iris se había vuelto de un azul zafiro incandescente y profundo. Su cabello negro ya no estaba simplemente alborotado; se erizó por completo, desafiando la gravedad, pero no se volvió rubio. Adoptó un tono azul medianoche, brillante, con destellos plateados en las puntas.

Y el aura que estalló de su cuerpo no era el dorado tradicional. Era un fuego colosal de color azul oscuro, rodeado por chispas doradas y relámpagos blancos que golpeaban el suelo con estruendos atronadores.

No era un Super Saiyajin ordinario. Era el Poder Definitivo, una mutación genética producto de cien años de evolución de la sangre Saiyajin entrelazada con el potencial ilimitado de las emociones humanas. Era un Ki denso, calmado en su núcleo, pero furioso en su exterior, como un océano en medio de un huracán.

Miya soltó la pierna de Freezer, se puso en pie y, sin pronunciar una sola palabra, desató un puñetazo al aire.

La onda expansiva del golpe fue tan monstruosa que rasgó la atmósfera misma. El impacto invisible golpeó a Freezer de lleno en el pecho antes de que pudiera levantar la guardia. El Emperador del Mal tosió sangre violeta, sus ojos rojos desorbitados por el asombro y el dolor físico que no había sentido en un siglo. La fuerza del golpe lo envió volando por los aires, estrellándolo contra su propia nave espacial en el cielo con un estruendo metálico que resonó en todo el continente.

CAPÍTULO V: El Choque que Rompe las Reglas

Freezer se liberó del abollado casco de su nave con un grito de furia animal. El aura púrpura a su alrededor se expandió, oscureciendo el cielo y desatando tormentas de energía maligna.

—¡MALDITA MONA REPUGNANTE! —chilló el tirano, perdiendo toda su compostura elegante—. ¡TE HARÉ SUFRIR EL INFIERNO MISMO!

Freezer levantó ambas manos por encima de su cabeza. La energía oscura comenzó a acumularse, condensándose rápidamente en una Esfera Mortal gigante, un sol negro y violeta de destrucción planetaria que crecía por segundos, eclipsando la luz del día. El calor y la gravedad que generaba comenzaron a derretir las montañas cercanas.

—¡MUERE JUNTO CON ESTE PATÉTICO PLANETA!

Freezer lanzó la colosal esfera de aniquilación directamente hacia la Tierra. El ataque cubría todo el cielo, descendiendo con la promesa ineludible de reducir el mundo a cenizas cósmicas.

Abajo, Miya no retrocedió. Su mente estaba en absoluta calma. El miedo había sido evaporado por el horno ardiente de su nueva voluntad. Las chispas doradas y azules de su aura Definitiva se intensificaron, envolviéndola en una luz cegadora.

Llevó sus manos a la cadera. Juntó las palmas.

Incluso después de cien años, el legado de las técnicas de sus ancestros seguía vivo en los pergaminos que Piccolo le había enseñado a leer. La energía cósmica comenzó a concentrarse entre sus manos en una esfera de luz azul inmaculada y brillante. La densidad de su Ki era tan masiva que el suelo a sus pies se hundió varios metros en un radio esférico perfecto.

—Ka… me… —murmuró Miya. Su voz no era un grito desesperado. Era un susurro cargado con el peso de toda una especie extinta.

La inmensa esfera de destrucción de Freezer estaba a punto de devorar la montaña.

—Ha… me…

Miya levantó la vista, sus ojos de zafiro brillando con una determinación divina. Freezer sonreía sádicamente desde el cielo, creyéndose victorioso.

—¡¡HAAAAA!!

Miya empujó ambas manos hacia el cielo. El torrente de energía azul puro que salió disparado de sus palmas fue un pilar de luz que desafió las dimensiones. El Kamehameha Definitivo colisionó frontalmente con la Esfera Mortal de Freezer a quinientos metros de altura.

El impacto no generó sonido inicialmente, porque la explosión superó la capacidad de la atmósfera para transmitir el ruido. El cielo entero se dividió en dos colores: un hemisferio superior de oscuridad violeta, intentando aplastar a un hemisferio inferior de luz azul y dorada inquebrantable.

Los relámpagos masivos generados por el choque cayeron sobre la Tierra, vaporizando los restos de las antiguas ciudades. Freezer empujaba su energía hacia abajo, apretando los dientes, sus músculos hipertrofiados al límite bajo el esfuerzo.

—¡NO PIENSO PERDER CONTRA OTRA BASURA SAIYAJIN CIENTOS DE AÑOS DESPUÉS! —rugió Freezer, inyectando la totalidad de su energía oscura en la esfera, logrando empujar el ataque de Miya un par de metros hacia abajo.

Las rodillas de Miya se flexionaron ligeramente bajo la inmensa presión cósmica. La tierra bajo sus pies se estaba convirtiendo en magma líquido por el calor. Sentía que sus huesos iban a pulverizarse. Pero entonces, la imagen de Piccolo enterrado bajo los escombros, y el pensamiento de que ella era la última línea de defensa de este frágil mundo, encendieron su Ki una última y definitiva vez.

El aura azul oscuro de Miya estalló con chispas de oro puro.

—¡No tienes el derecho… de pisar este mundo! —gritó Miya, con una voz que hizo eco en todo el universo.

Empujó sus manos con todas sus fuerzas. El rayo azul del Kamehameha se multiplicó por diez en tamaño y densidad. La luz penetró y destrozó la Esfera Mortal de Freezer en el centro mismo, partiéndola como si fuera un cristal negro. El torrente de energía azul atravesó la defensa del tirano, envolviéndolo por completo.

El grito de agonía de Freezer resonó en los cielos mientras la colosal onda de energía cósmica lo arrastraba fuera de la atmósfera de la Tierra, propulsándolo hacia el abismo helado del espacio exterior, donde el destello del impacto final iluminó el sistema solar como el nacimiento de una nueva estrella.

EPÍLOGO: El Nacimiento de la Leyenda

Cuando la luz cegadora finalmente se disipó, la calma regresó al mundo roto. El cielo estaba libre de nubes oscuras, y la brisa fresca soplaba sobre la tierra quemada y cristalizada del antiguo Monte Paoz.

En el centro del inmenso cráter humeante, Miya dejó caer los brazos. Su cabello azul oscuro y puntiagudo perdió lentamente el resplandor cósmico, volviendo a su color azabache natural mientras caía sobre sus hombros. Cayó de rodillas, completamente exhausta, respirando con extrema dificultad. Cada músculo de su cuerpo gritaba de dolor, pero estaba viva.

Un crujido de piedras lejanas atrajo su atención. De entre los escombros de una montaña vecina, Piccolo emergió. El anciano Namekiano cojeaba severamente, sostenía su hombro herido y su capa blanca estaba hecha pedazos, pero en su viejo y arrugado rostro verde se dibujaba una sonrisa, una sonrisa de puro y absoluto orgullo que Miya jamás había visto antes.

Piccolo flotó con dificultad hasta aterrizar junto a ella. Se dejó caer de rodillas en el suelo cálido y apoyó su mano sana sobre el hombro de la joven guerrera.

—Lo lograste, mocosa —dijo Piccolo, su voz áspera cargada de emoción contenida—. Le mostraste al universo que el linaje de Son Goku y el espíritu de la humanidad no han sido extinguidos. Despertaste el Poder Definitivo.

Miya sonrió débilmente, tosiendo y apoyando su cabeza en el hombro del viejo maestro.

—Fue… difícil, Maestro Piccolo. Pero tenías razón. La rabia te hace golpear más fuerte, pero el deseo de proteger… te hace imparable. ¿Crees que Freezer está muerto esta vez?

Piccolo miró hacia el cielo azul despejado, su expresión volviéndose solemne y calculadora.

—Ese monstruo es la mala hierba del universo, Miya. El ataque lo expulsó del planeta y destruyó su nave, pero su Ki desapareció antes de que pudiera confirmar su destrucción total. Con su nueva inmortalidad, es probable que esté flotando en el vacío, lamiéndose las heridas, tramando su próxima jugada. Volverá. Siempre vuelven.

Miya levantó la mirada hacia las estrellas invisibles durante el día. Sus ojos, aunque cansados, ardían con una nueva madurez y una confianza inquebrantable. Ya no era la joven insegura de la mañana. Se había bautizado en el fuego del combate cósmico.

—Que vuelva, entonces —respondió Miya, apretando su puño derecho, sintiendo aún el fantasma de la energía azul fluyendo por sus venas—. Cuando lo haga, estaré lista. Y la próxima vez, no solo lo empujaré al espacio. Romperé el ciclo para siempre.

El viento sopló a través de las ruinas del mundo, llevando consigo las cenizas del combate, pero también el susurro de una nueva era. Cien años después de que los dioses abandonaran la Tierra, una nueva leyenda acababa de despertar, lista para reescribir las reglas del universo con puños, valor y una voluntad inquebrantable.

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