Creyeron que era un vagabundo borrachín en la guarida del capo sin sospechar que era el asesino más rápido

Publicado por emontero el

Resumen breve:


Don Efraín, el capo de la mafia más temido y resguardado de la región, celebraba el éxito de sus operaciones en su fortaleza privada junto a su escolta personal. La reunión fue interrumpida por un hombre con aspecto de indigente borracho que logró traspasar tres anillos de seguridad sin levantar sospechas. Entre burlas e insultos, Don Efraín ordenó sacarlo a patadas, sin sospechar que el visitante era Cáctor, alias «El Fantasma», el operativo especial más letal y veloz del gobierno enviado para desmantelar su organización en menos de un minuto.


Nadie entraba a la fortaleza de Don Efraín

La fortaleza de Don Efraín estaba construida sobre una colina desde la que podía verse prácticamente todo el valle.

Desde lejos parecía una mansión de lujo.

De cerca era otra cosa.

Muros altos.

Cámaras en cada esquina.

Vehículos blindados.

Guardias armados.

Puertas de acero.

Y tres anillos de seguridad antes de llegar al edificio principal.

Nadie entraba sin autorización.

Ni siquiera los hombres que trabajaban para Don Efraín podían acercarse demasiado sin ser revisados.

El capo había sobrevivido a atentados, traiciones y guerras entre organizaciones rivales.

Por eso había convertido su residencia en una fortaleza.

Aquella noche, sin embargo, estaba celebrando.

Sentado en una enorme mesa de madera, rodeado de sus hombres de confianza, levantó una copa.

—Esta noche hemos demostrado quién manda en esta región.

Los hombres golpearon la mesa.

—¡Por Don Efraín!

El capo sonrió.

Tenía sesenta años y una presencia intimidante.

Vestía un traje negro.

Llevaba un reloj de oro.

Y jamás levantaba la voz.

No lo necesitaba.

Todos sabían lo que ocurría cuando se enfadaba.

A su derecha estaba Ramiro, su jefe de seguridad.

—Los cargamentos llegaron completos —informó—. Y nuestros hombres ya controlan las tres rutas.

Efraín bebió tranquilamente.

—¿Y los federales?

Ramiro sonrió.

—No saben nada.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Efraín dejó la copa sobre la mesa.

—Perfecto.

Entonces un guardia entró apresuradamente.

—Jefe.

La conversación se detuvo.

—¿Qué pasa?

El guardia parecía confundido.

—Tenemos un problema en la entrada.

Efraín frunció el ceño.

—¿Qué clase de problema?

—Un vagabundo.

Algunos hombres comenzaron a reír.

Efraín miró a Ramiro.

—¿Un vagabundo?

—Dice que está perdido.

—¿Y cómo llegó hasta aquí?

Ramiro negó con la cabeza.

—Eso estamos tratando de averiguar.

Efraín sonrió.

—Tráiganlo.


El hombre de la botella

Dos guardias llevaron al extraño hasta el salón.

Era un hombre de aproximadamente cuarenta años.

Cabello desordenado.

Barba de varios días.

Ropa vieja.

Zapatos gastados.

Llevaba una botella vacía en una mano.

Caminaba tambaleándose.

Cuando entró, miró alrededor.

—Bonita casa…

Los hombres comenzaron a reír.

Efraín lo observó con desprecio.

—¿Quién eres?

El desconocido miró la botella.

—No sé.

Más risas.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Efraín.

El hombre se encogió de hombros.

—Caminando.

Ramiro se acercó.

—No se puede llegar caminando hasta aquí.

—Pues llegué.

Uno de los guardaespaldas soltó una carcajada.

—Está borracho.

El desconocido lo miró.

—Un poquito.

Efraín golpeó suavemente la mesa.

—¿Quién te dejó entrar?

—Nadie.

—Entonces ¿cómo atravesaste la entrada?

El vagabundo sonrió.

—Las puertas estaban abiertas.

Ramiro quedó serio.

No lo estaban.

Las tres puertas de seguridad requerían identificación.

—Registrenlo.

Dos hombres se acercaron.

Revisaron sus bolsillos.

No encontraron armas.

Solo un encendedor.

Un pañuelo.

Una pequeña moneda.

Y la botella vacía.

—No tiene nada —dijo uno.

Efraín se recostó en su silla.

—Entonces sáquenlo.

El hombre levantó una mano.

—Antes de irme…

Todos lo miraron.

—¿Sí?

El vagabundo señaló la mesa.

—¿Puedo comer algo?

Las carcajadas volvieron a llenar el salón.

Efraín sonrió.

—Denle comida.

Un guardia tomó un plato.

Lo colocó delante del extraño.

El hombre comenzó a comer.

Despacio.

Como si no tuviera ninguna preocupación.

Pero mientras todos se burlaban de él, sus ojos recorrían el salón.

Una cámara.

Dos puertas.

Cinco hombres armados.

La escalera.

El despacho.

El reloj de pared.

La posición de Efraín.

La ubicación de Ramiro.

Todo quedó registrado en su memoria.

En menos de diez segundos.


El tercer anillo de seguridad

Nadie había notado algo extraño.

El supuesto vagabundo no había entrado por la puerta principal.

Había atravesado el primer perímetro escondiéndose entre un grupo de trabajadores.

Después había cruzado el segundo utilizando un uniforme robado.

Y para llegar al tercer anillo había aprovechado un cambio de guardia.

Lo había hecho sin disparar un solo tiro.

Sin levantar sospechas.

Sin utilizar una fuerza extraordinaria.

Simplemente observando.

Calculando.

Esperando.

Pero había algo que los hombres de Efraín desconocían.

El vagabundo no era un desconocido.

Llevaba seis meses estudiando aquella fortaleza.

Conocía sus cámaras.

Sus rutas.

Sus turnos.

Sus puntos ciegos.

Y, sobre todo, conocía a los hombres que estaban dentro.

Pero había una razón por la que había elegido entrar precisamente aquella noche.

Tenía una misión.

Y la misión debía completarse en menos de un minuto.


La humillación

Después de comer, el supuesto vagabundo se levantó.

Miró a Efraín.

—Gracias por la comida.

Efraín hizo un gesto con la mano.

—Ahora vete.

El hombre caminó hacia la salida.

Uno de los guardias se interpuso.

—Por aquí no.

El extraño lo miró.

—¿Por dónde entonces?

—Te vamos a sacar.

—Ah.

El vagabundo sonrió.

—Está bien.

El guardia lo agarró por el brazo.

El hombre tropezó.

Cayó al suelo.

La botella rodó por el piso.

Todos comenzaron a reír.

—¡Mírenlo!

—¡Ni siquiera puede caminar!

El vagabundo se quedó sentado.

Miró la botella.

—Se rompió.

Efraín se burló.

—Te compraré otra.

El hombre levantó la mirada.

Por un instante, su expresión cambió.

Ya no parecía borracho.

Sus ojos estaban completamente tranquilos.

Fríos.

Calculadores.

Efraín no alcanzó a comprenderlo.

Porque el extraño volvió a adoptar inmediatamente su expresión torpe.

—Gracias, jefe.

Uno de los hombres lo pateó suavemente para que se levantara.

—Muévete.

El vagabundo obedeció.

Pero antes de salir, se detuvo.

Miró a Efraín.

—Una pregunta.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo cree que tardaría alguien en entrar aquí, eliminar a todos sus hombres y salir sin que nadie pudiera detenerlo?

La sala quedó en silencio.

Efraín soltó una carcajada.

—¿Tú?

El hombre sonrió.

—No.

—Entonces ¿quién?

El vagabundo respondió:

—Alguien que ustedes llaman «El Fantasma».

La sonrisa desapareció del rostro de Efraín.

Los hombres dejaron de reír.

Ese nombre sí lo conocían.

El Fantasma.

Un operativo del gobierno del que nadie conocía el rostro.

Durante años había sido responsable de capturar a varios miembros de organizaciones criminales.

Algunos aseguraban que podía atravesar una habitación antes de que una persona terminara de parpadear.

Otros decían que era una leyenda.

Efraín no creía en leyendas.

—El Fantasma no existe.

El vagabundo sonrió.

—Eso creen todos.


La orden

Efraín hizo un gesto.

—Sáquenlo.

Esta vez cuatro hombres rodearon al extraño.

El supuesto borracho levantó las manos.

—Tranquilos.

Uno de ellos lo empujó.

El hombre tropezó.

Cayó contra una mesa.

Los guardias comenzaron a reír.

Pero Ramiro ya no reía.

Había algo que no le gustaba.

Miró al vagabundo.

Luego miró las cámaras.

—Esperen.

Todos se detuvieron.

—¿Qué pasa? —preguntó Efraín.

Ramiro señaló al extraño.

—Quiero saber cómo llegó hasta aquí.

—Ya te dije que estaba borracho.

—No.

Ramiro negó.

—Hay algo raro.

El vagabundo lo miró.

Ramiro se acercó.

—Mírame.

El hombre levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Dónde conseguiste esa ropa?

—Me la regalaron.

—¿Quién?

—Un hombre.

—¿Qué hombre?

El vagabundo sonrió.

—Uno muy amable.

Ramiro se agachó.

—No estás borracho.

Silencio.

El extraño dejó de sonreír.

Ramiro retrocedió.

—¡Todos atentos!

Los guardias levantaron sus armas.

Efraín se puso de pie.

—¿Quién eres?

El vagabundo suspiró.

—Bueno…

Miró su reloj.

—Se acabó mi tiempo.


Un minuto

Lo que ocurrió después sucedió tan rápido que varios hombres no pudieron explicar posteriormente qué habían visto.

El vagabundo se movió.

No corrió.

No gritó.

Simplemente desapareció de donde estaba.

Un segundo después, uno de los guardias estaba en el suelo.

Otro perdió el arma.

Un tercero chocó contra una columna.

Ramiro intentó reaccionar.

El extraño ya estaba detrás de él.

Le quitó el arma y la dejó en el suelo.

—Demasiado lento.

Ramiro giró.

El Fantasma ya no estaba allí.

Los hombres comenzaron a correr.

Pero las luces se apagaron.

Oscuridad.

Un golpe.

Otro.

Un ruido metálico.

Después silencio.

Las luces volvieron.

Todos los guardias estaban en el suelo.

Ninguno había recibido una herida mortal.

Pero ninguno podía continuar peleando.

Efraín estaba paralizado.

Miró su reloj.

Habían pasado treinta y siete segundos.

—¿Quién eres? —preguntó.

El hombre comenzó a quitarse la chaqueta vieja.

Debajo llevaba un uniforme táctico oscuro.

La barba falsa cayó al suelo.

El cabello desordenado resultó ser parte de un disfraz.

Su postura cambió.

Ya no era un vagabundo.

Era un hombre completamente distinto.

Frío.

Seguro.

Preparado.

Efraín retrocedió.

—Tú…

El hombre lo miró.

—Cáctor.

Efraín tragó saliva.

—El Fantasma.

Cáctor asintió.

—Exactamente.


El capo intentó negociar

Efraín levantó las manos.

—Podemos hablar.

Cáctor caminó hacia él.

—Claro.

—Puedo darte dinero.

—No.

—Mucho dinero.

—No me interesa.

—Tengo contactos.

—Ya lo sé.

—Puedo ayudarte.

Cáctor se detuvo.

—No viniste a ayudarme.

Efraín respiró profundamente.

—Entonces dime qué quieres.

Cáctor sacó una pequeña memoria electrónica.

—Esto.

Efraín miró el dispositivo.

—¿Qué es?

—La información de tus operaciones.

Efraín sonrió.

—No encontrarás nada.

Cáctor levantó la memoria.

—Ya lo encontré.

—¿Cómo?

—Tu propio jefe de contabilidad me entregó una copia.

Efraín palideció.

—Eso es imposible.

—No.

Cáctor miró alrededor.

—Lo imposible fue que ustedes pensaran que nadie estaba observando.


El verdadero plan

Efraín comenzó a retroceder.

—¿Por qué entrar disfrazado?

Cáctor respondió:

—Porque quería comprobar algo.

—¿Qué?

—Que tu organización se había vuelto demasiado confiada.

Efraín frunció el ceño.

—¿Y?

Cáctor miró a los hombres caídos.

—Tenías razón.

—¿En qué?

—Son demasiado confiados.

Efraín apretó los dientes.

—Todavía no has ganado.

Cáctor sonrió.

—Mira la pantalla.

Efraín observó el monitor de seguridad.

Todas las cámaras mostraban imágenes.

Pero ninguna correspondía a la fortaleza.

Mostraban vehículos.

Almacenes.

Oficinas.

Casas.

Puertos.

Efraín comprendió.

—¿Qué hiciste?

—Mientras todos estaban concentrados en mí…

Cáctor señaló las pantallas.

—Mi equipo entró en tus otros centros.

Efraín sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No.

—Sí.

—¡Mis hombres!

—Detenidos.

—¡Mi dinero!

—Confiscado.

—¡Mis rutas!

—Cerradas.

Efraín miró a su alrededor.

En menos de un minuto había perdido prácticamente todo.

Pero todavía conservaba una carta.

Una última carta.


La habitación secreta

Efraín corrió hacia su despacho.

Cáctor lo siguió.

El capo abrió un compartimento oculto detrás de una biblioteca.

Introdujo un código.

Una puerta secreta comenzó a abrirse.

—¿Creíste que no tenía un plan de emergencia?

Cáctor observó.

—Siempre tienes uno.

Efraín entró.

Tomó un maletín.

Dentro había dinero, documentos y un pequeño dispositivo.

—Esto vale más que toda tu operación.

Cáctor lo miró.

—Déjalo.

—¿O qué?

Efraín levantó el dispositivo.

—Si presiono este botón, desaparecerán años de información.

Cáctor no se movió.

—Hazlo.

Efraín quedó confundido.

—¿Qué?

—Hazlo.

—¿No te importa?

—No.

Efraín sonrió.

—Entonces no sabes lo que contiene.

Cáctor se acercó.

—Sí lo sé.

—¿Cómo?

—Porque yo mismo lo puse ahí.

Efraín abrió los ojos.

Cáctor señaló el dispositivo.

—Tiene un rastreador.

El rostro del capo cambió.

—No…

—Y una copia automática.

Efraín miró el aparato.

—Entonces…

—Aunque lo destruyas, ya no importa.

Cáctor extendió la mano.

—Se acabó.


El último intento

Efraín no aceptó.

Sacó un arma escondida.

Apuntó a Cáctor.

—¡No te acerques!

Cáctor permaneció inmóvil.

—No quieres hacer eso.

—¡Cállate!

—Si disparas, perderás la última oportunidad de salir vivo de esto.

—¿Salir vivo?

Efraín sonrió.

—Tú viniste por mí.

—Sí.

—Entonces tendrás que matarme.

Cáctor negó.

—No.

Efraín frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque quiero que enfrentes las consecuencias de todo lo que hiciste.

Efraín apretó el gatillo.

Se escuchó un disparo.

Pero Cáctor ya no estaba allí.

Efraín miró alrededor.

Nada.

—¿Dónde estás?

Una voz llegó desde atrás.

—Aquí.

Efraín se giró.

Cáctor estaba junto a la puerta.

El arma había desaparecido de la mano del capo.

Efraín miró sus dedos.

No entendía cómo había ocurrido.

Cáctor colocó unas esposas sobre la mesa.

—Terminó.

Efraín quedó inmóvil.

—¿Cuánto tiempo?

Cáctor miró el reloj.

—Cincuenta y nueve segundos.

Efraín abrió los ojos.

—¿Qué?

Cáctor respondió:

—La misión era desmantelar tu organización en menos de un minuto.

El reloj marcó exactamente las doce.

—Y todavía me sobró un segundo.


El hombre que nadie pudo reconocer

Cuando las autoridades llegaron, encontraron la fortaleza completamente asegurada.

Los hombres de Efraín estaban detenidos.

Los documentos habían sido confiscados.

Las cuentas estaban bloqueadas.

Las rutas habían sido intervenidas.

Y Don Efraín estaba esposado en su propio despacho.

Los agentes buscaron a Cáctor.

Pero ya no estaba.

Uno de ellos preguntó:

—¿Dónde está El Fantasma?

Nadie sabía.

Un guardia señaló la puerta trasera.

—Lo vi salir por ahí.

Otro dijo:

—Yo lo vi en el jardín.

Un tercero aseguró:

—No salió por ninguna puerta.

El comandante sonrió.

—Es igual.

Miró la fortaleza.

—Lo importante es que cumplió la misión.


La botella vacía

A kilómetros de allí, un hombre caminaba por una carretera.

Llevaba nuevamente la ropa vieja.

La barba falsa había desaparecido.

Su rostro volvía a ser el de un hombre cualquiera.

Se detuvo junto a un puente.

Sacó del bolsillo la pequeña moneda que había encontrado durante el registro.

La lanzó al aire.

La atrapó.

Entonces escuchó un teléfono sonar.

Contestó.

—¿Sí?

Una voz respondió:

—Operación completada.

Cáctor miró hacia el horizonte.

—¿Todos los objetivos?

—Todos.

—¿Y el principal?

—Detenido.

Cáctor guardó silencio.

—Tenemos un problema.

El Fantasma frunció el ceño.

—¿Qué problema?

—Encontramos algo en los archivos de Efraín.

—¿Qué?

—Una lista.

—¿De qué?

La voz tardó unos segundos en responder.

—De nombres.

—¿Qué nombres?

—Agentes del gobierno.

Cáctor dejó de caminar.

—¿Cuántos?

—Veintisiete.

El rostro de Cáctor cambió.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Y hay algo más?

—Sí.

—Dime.

La voz respondió:

—Tu nombre está en la lista.

Cáctor permaneció completamente inmóvil.

—Eso no es posible.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—La lista fue escrita hace ocho años.

Cáctor miró lentamente la carretera.

—¿Ocho años?

—Sí.

—Yo todavía no era El Fantasma.

Silencio.

Entonces la voz dijo:

—Precisamente.

Cáctor cerró el teléfono.

Por primera vez aquella noche, su expresión mostró preocupación.

Sacó la pequeña moneda que había encontrado en la fortaleza.

La observó.

Tenía grabado un símbolo.

El mismo símbolo que aparecía en los documentos secretos de Don Efraín.

Cáctor recordó entonces las palabras del capo:

«Todavía no has ganado.»

Miró hacia atrás.

A lo lejos, una camioneta negra acababa de detenerse.

Sus luces se apagaron.

Cáctor guardó la moneda.

Y comprendió que la operación que acababa de completar quizá no había sido una victoria.

Quizá había sido exactamente lo que alguien quería que hiciera.

Porque Don Efraín no era el verdadero objetivo.

Era solamente una pieza.

Una pieza que alguien había colocado deliberadamente en el camino del hombre más rápido del gobierno.

Cáctor comenzó a caminar hacia la oscuridad.

Pero antes de desaparecer, su teléfono volvió a sonar.

Esta vez el mensaje solo contenía una fotografía.

Era una imagen del supuesto vagabundo entrando en la fortaleza.

Debajo aparecía una frase:

«Buen trabajo, Cáctor. Ahora sabemos que sigues siendo tan rápido como antes.»

Cáctor se quedó mirando la pantalla.

No había enviado nadie esa fotografía.

Y entonces llegó otro mensaje.

«La próxima vez no tendrás sesenta segundos.»

Cáctor levantó la mirada.

La camioneta negra ya no estaba.

Solo quedaban las huellas de los neumáticos sobre el asfalto.

El Fantasma guardó el teléfono.

Y por primera vez desde que había comenzado su carrera, entendió que alguien había conseguido hacer algo que parecía imposible:

había logrado entrar en su propia misión sin que él se diera cuenta.

La cacería acababa de comenzar.

Continuará…

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