El hombre más arrogante del planeta desafió a un desconocido… sin saber que era un dios

Resumen breve:
Damián Cross era considerado el hombre más poderoso del planeta. Campeón invicto, millonario y famoso por humillar públicamente a cualquiera que se atreviera a desafiarlo. Pero durante una exhibición frente a miles de personas, un misterioso desconocido apareció entre el público y aceptó enfrentarlo. Damián creyó que sería otra víctima fácil. Lo que no sabía era que aquel hombre ocultaba un poder capaz de desafiar las leyes de la naturaleza.
Descripción:
Todos pensaban que Damián Cross era imbatible. Hasta que un desconocido detuvo su golpe con un solo dedo. Lo que ocurrió después convirtió una simple pelea en el comienzo de algo que podía cambiar el destino de la humanidad.
Nadie podía derrotarlo
El estadio estaba completamente lleno.
Más de cincuenta mil personas habían viajado para presenciar el espectáculo.
Las luces iluminaban el enorme cuadrilátero instalado en el centro de la arena.
En las pantallas gigantes aparecía una sola imagen.
Damián Cross.
El campeón.
El hombre que llevaba doce años sin conocer la derrota.
Había ganado campeonatos en cinco países.
Había derrotado a luchadores mucho más grandes que él.
Había sobrevivido a golpes que otros hombres jamás habrían soportado.
Pero su mayor fama no provenía de sus victorias.
Provenía de su arrogancia.
Damián disfrutaba humillando a sus adversarios.
Antes de cada combate les prometía que los haría arrodillarse.
Después de derrotarlos, se burlaba de ellos frente a las cámaras.
Aquella noche no era diferente.
Subió al ring mientras el público gritaba su nombre.
Su entrenador se acercó.
—Recuerda que esto es una exhibición.
Damián sonrió.
—Una exhibición para ellos.
Señaló al público.
—Para mí es otro funeral.
Las cámaras captaron la frase.
El público rugió.
Damián levantó los brazos.
—¡No existe un hombre capaz de vencerme!
Miles de personas comenzaron a gritar.
Entonces una voz salió desde las gradas.
—Yo.
El estadio quedó extrañamente silencioso.
Damián bajó lentamente los brazos.
Miró hacia las gradas.
—¿Qué dijiste?
La voz volvió a escucharse.
—Dije que yo puedo vencerte.
Las cámaras buscaron al hombre.
Finalmente lo encontraron.
Estaba sentado entre el público.
No parecía un luchador.
No llevaba ropa deportiva.
No tenía músculos impresionantes.
Era un hombre de unos cuarenta años, vestido con pantalones oscuros y una sencilla camisa gris.
Damián comenzó a reír.
—¿Ese?
El público también empezó a burlarse.
El desconocido se levantó.
—Sí.
Damián señaló el ring.
—Sube.
El hombre comenzó a caminar.
El desconocido
Los guardias intentaron detenerlo.
El hombre simplemente los miró.
—No quiero problemas.
Uno de ellos respondió:
—No puedes entrar al ring.
El desconocido sonrió.
—Él me invitó.
Los guardias miraron hacia Damián.
El campeón hizo un gesto.
—Déjenlo pasar.
El hombre entró al ring.
Damián lo observó de arriba abajo.
—¿Cómo te llamas?
—No importa.
—Aquí todos tienen nombre.
—El mío no lo recordarías.
Damián soltó una carcajada.
—Escucha, amigo. Te daré una oportunidad.
Se acercó.
—Baja del ring antes de que te haga daño.
El desconocido negó.
—No.
Damián sonrió.
—Entonces será culpa tuya.
El árbitro se acercó.
—¿Está seguro de esto?
Damián respondió:
—Más que nunca.
El hombre permaneció completamente tranquilo.
El árbitro levantó la mano.
—¡Comiencen!
Damián atacó.
El golpe que cambió todo
Fue un golpe directo.
Rápido.
Brutal.
Un movimiento que había derribado a decenas de adversarios.
El puño de Damián avanzó hacia el rostro del desconocido.
El público gritó.
Pero el golpe nunca llegó.
El desconocido levantó una mano.
Y detuvo el puño.
Con un dedo.
El estadio quedó en silencio.
Damián abrió los ojos.
Intentó retirar la mano.
No pudo.
El desconocido sostenía su puño entre el índice y el pulgar.
Como si no pesara nada.
—¿Qué…?
Damián intentó golpear con la otra mano.
El desconocido también la detuvo.
Damián comenzó a sudar.
—Suéltame.
El hombre lo soltó.
Damián retrocedió.
Miró sus manos.
Después miró al desconocido.
—¿Qué eres?
El hombre no respondió.
Damián sintió algo que nunca había sentido en un ring.
Miedo.
Pero su orgullo pudo más.
—¡No sé qué truco estás haciendo!
Volvió a atacar.
Esta vez con toda su fuerza.
El desconocido ni siquiera se movió.
Damián lanzó un golpe.
Otro.
Otro.
Cada uno fue detenido.
Hasta que el desconocido levantó lentamente una mano.
—Ya es suficiente.
Damián quedó frente a él.
—¿Quién demonios eres?
El hombre lo miró a los ojos.
—Alguien que te dio una oportunidad de rendirte.
El cielo comenzó a cambiar
Las luces del estadio comenzaron a parpadear.
Una.
Dos.
Tres veces.
Los teléfonos de miles de espectadores perdieron señal simultáneamente.
Las pantallas gigantes se apagaron.
El sonido desapareció.
Y entonces ocurrió algo imposible.
El cielo sobre el estadio comenzó a oscurecerse.
No era una tormenta.
No había nubes.
Era como si la noche hubiera caído repentinamente sobre una pequeña parte de la ciudad.
La multitud comenzó a gritar.
Damián miró hacia arriba.
—¿Qué está pasando?
El desconocido permaneció inmóvil.
—La humanidad lleva demasiado tiempo jugando con fuerzas que no comprende.
Damián lo miró.
—¿De qué hablas?
El hombre extendió una mano.
El viento comenzó a girar.
Las banderas del estadio se levantaron.
Las estructuras metálicas comenzaron a vibrar.
Entonces un rayo cayó del cielo.
Pero no golpeó el suelo.
Se detuvo sobre la mano del desconocido.
Miles de personas comenzaron a gritar.
Damián retrocedió.
—No…
El desconocido cerró la mano.
El rayo desapareció.
—Ahora sí puedes preguntarme quién soy.
Damián no pudo responder.
El hombre dijo:
—Mi nombre es Kael.
Una periodista gritó desde la primera fila:
—¿Es un extraterrestre?
Kael la miró.
—No.
—¿Entonces qué eres?
Kael levantó los ojos hacia el cielo.
—Algo que ustedes olvidaron hace mucho tiempo.
La ciudad quedó paralizada
A varios kilómetros del estadio, las personas salieron de sus casas.
Habían visto la extraña oscuridad.
Los vehículos comenzaron a detenerse.
Los teléfonos dejaron de funcionar.
Los aviones recibieron interferencias.
En un centro de control militar, los operadores observaban las pantallas.
—Tenemos una anomalía.
—¿De qué tipo?
—No lo sabemos.
—¿Ubicación?
El operador señaló el mapa.
—Justo sobre el estadio.
Un general se acercó.
—¿Es un ataque?
—No parece.
—¿Entonces qué es?
El operador tragó saliva.
—No lo sabemos.
De repente, todas las pantallas mostraron la misma imagen.
Kael.
De pie dentro del ring.
El general se quedó inmóvil.
—¿Quién es ese hombre?
Nadie respondió.
Entonces una señal apareció en todas las pantallas.
Una sola frase:
«NO INTERVENGAN.»
Damián intentó recuperar su orgullo
Dentro del estadio, Damián respiraba con dificultad.
No podía aceptar lo que estaba ocurriendo.
—No me importa quién seas.
Kael lo miró.
—Eso dices porque todavía no comprendes.
Damián levantó los puños.
—¡Voy a derrotarte!
El público comenzó a gritar.
Su entrenador intentó detenerlo.
—¡Damián, basta!
Pero Damián ya no escuchaba.
Corrió hacia Kael.
Lanzó el golpe más poderoso de su carrera.
Kael cerró los ojos.
Y simplemente extendió la mano.
El puño de Damián se detuvo a centímetros de su rostro.
Pero esta vez ocurrió algo diferente.
Una onda invisible salió disparada.
El ring se partió.
Las luces explotaron.
Los espectadores de las primeras filas fueron lanzados hacia atrás.
Damián cayó de rodillas.
Miró sus manos.
Estaban temblando.
Kael se acercó.
—No eres débil.
Damián levantó la cabeza.
—Entonces…
—Pero estás confundiendo fuerza con poder.
Damián no entendió.
Kael continuó:
—La fuerza puede destruir un cuerpo.
Hizo una pausa.
—El poder puede destruir un mundo.
La verdadera amenaza
Un sonido comenzó a escucharse sobre ellos.
Era grave.
Profundo.
Como un enorme motor atravesando las nubes.
Todos miraron al cielo.
Una gigantesca estructura apareció sobre la ciudad.
No parecía un avión.
No parecía una nave convencional.
Era una enorme esfera metálica suspendida sobre las nubes.
El estadio entero quedó iluminado por una luz blanca.
Damián miró a Kael.
—¿Es tuya?
Kael negó.
—No.
Por primera vez, el rostro del extraño mostró preocupación.
—Ellos llegaron demasiado pronto.
—¿Quiénes?
Kael miró la esfera.
—Los que vienen a buscarme.
Damián quedó en silencio.
—¿Y qué quieren?
Kael respondió:
—La Tierra.
Las puertas del estadio comenzaron a cerrarse automáticamente.
Los soldados llegaron corriendo.
La multitud entró en pánico.
Y entonces aparecieron cientos de pequeñas luces descendiendo desde el cielo.
Kael miró a Damián.
—Ahora necesito tu ayuda.
Damián soltó una risa nerviosa.
—¿Mi ayuda?
—Sí.
—¿Después de humillarme?
Kael sonrió.
—No te humillé.
—¿Entonces qué hiciste?
—Te mostré que todavía tienes mucho que aprender.
La revelación
Damián se puso de pie.
—¿Por qué yo?
Kael lo observó durante varios segundos.
—Porque eres el único humano que puede hacerlo.
—¿Hacer qué?
Kael se acercó.
—Despertar.
Damián frunció el ceño.
—No entiendo.
Kael colocó dos dedos sobre el pecho del campeón.
Una luz apareció.
Damián cayó de rodillas.
Un extraño símbolo comenzó a dibujarse sobre su piel.
El mismo símbolo que aparecía en las enormes naves sobre la ciudad.
Damián gritó.
Una energía recorrió todo su cuerpo.
Los monitores del estadio comenzaron a explotar.
Los militares retrocedieron.
Kael dio un paso atrás.
—Finalmente.
Damián levantó la cabeza.
Sus ojos habían cambiado.
Ya no eran completamente humanos.
Brillaban con una luz azul intensa.
El suelo comenzó a temblar.
Kael sonrió.
—Ahora recuerdo por qué te eligieron.
Damián respiró profundamente.
—¿Quién me eligió?
Kael miró hacia el cielo.
—Tu verdadero padre.
Damián quedó paralizado.
—Mi padre murió cuando yo era niño.
Kael negó lentamente.
—Ese hombre no era tu padre.
Las naves comenzaron a descender.
La multitud gritaba.
Los militares apuntaron sus armas hacia el cielo.
Y Damián miró sus propias manos mientras una energía desconocida comenzaba a rodearlo.
Entonces una voz gigantesca retumbó sobre toda la ciudad.
—ENTREGUEN AL HEREDERO.
Damián levantó la mirada.
—¿Heredero de qué?
Kael respondió:
—Del poder que gobierna las estrellas.
Una enorme puerta comenzó a abrirse en la nave principal.
Y detrás de ella apareció una figura gigantesca.
Kael miró a Damián.
—Ahora ya saben que estás despierto.
Damián cerró los puños.
—¿Y qué quieren de mí?
Kael respondió:
—No quieren matarte.
Hizo una pausa.
—Quieren que te conviertas en su rey.
Damián miró al cielo.
Y por primera vez en su vida, el hombre que siempre había creído estar por encima de todos comprendió algo aterrador:
quizás toda su vida había sido preparada para convertirlo en algo mucho más poderoso de lo que jamás había imaginado.
Pero había una pregunta que todavía nadie podía responder.
¿Por qué un ser capaz de detener un rayo con la mano había elegido precisamente a un hombre arrogante como Damián?
Kael observó las naves.
Su rostro se volvió serio.
—Porque todavía no saben que él puede hacer algo que ni siquiera su propio padre pudo hacer.
Damián lo miró.
—¿Qué?
Kael respondió:
—Destruirlos a todos.
Continuará…
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